"Éste es el relato más triste que nunca he oído..."

Ford Madox Ford (El buen soldado)

martes, 30 de noviembre de 2010

Reflejos

viernes, 26 de noviembre de 2010

Noches sin cielo



Aferrada a una esfera luminosa, cálida, rodeada de oscuridad, la mujer, desnuda, se sujeta al último vestigio de vitalidad del mundo en el que ha quedado atrapada para el resto de su eternidad; una eternidad finita con la fecha de caducidad que su cuerpo le imprime.
Observa a su alrededor y no ve nada.

Mira su esfera y se adentra en un mundo futuro donde la música no llega. El viento peinará los cabellos de alguna princesa imaginaria de cuentos fabulosos, que no existen ni existirán jamás. Más allá del bosque se oye el discurrir de un agua tranquila y lejana, bañada por la luz de la esfera que rodea con sus manos.

A medida que observa el cauce del riachuelo éste va dejando de sonar, ya no quiere hablar de lo bellas que eran las vistas que el tiempo dejó atrás. Ante él y sobre su superficie se extiende una extensa ciudad. Toneladas de acero se levantan desde el mar y otro mar aún más profundo lo cubre del color anaranjado de las partículas que perdieron el rumbo hace largos años.

Espacios infinitos se extienden de un extremo a otro de la luminiscente esfera universal, tocándose el principio que se confunde con ningún final. La mujer llora en su desconsuelo y se arrepiente de mirar, no comprende qué ha hecho mal.

Su esfera se apaga como lo hace su realidad y se aferra a un sueño que nunca podrá volver a evocar como, tiempo atrás, lo hiciera con el poema de alguien que ya no volvería a existir.

Las paredes de su estrecha habitación se cierran en torno a ella mientras la pregunta acuciante le perfora y la insta a erguirse sobre su redondez no luminosa preguntándose si no sería verdad, si no sería cierto, que Dios fuera una mujer...



martes, 23 de noviembre de 2010

El bocadillo insólito

Una rebanada de pan tostado para que pueda soportar el peso de todo lo amado.
Un poco de tomate y mayonesa para untar y que no esté seco por debajo del queso.
Encima se sitúa un buen tomo de lomo, asado o a la plancha, eso nos da igual
y para que quede bien sabroso aderezarlo con mucha pimienta y una pizca de sal.
Dos hojitas de lechuga bien limpias y verdes para empujar y poder rebajar.
Tomate natural y un huevo cocido que en rodajas se ha de cortar,
con mucho mimo la otra rebanada de pan y una olivita ensartada para adornar.

Comer es un placer...Es un bocadillo normal.

¿Lo es?

No... Ante tal cantidad de grasas sin sentido y sabor desmedido sólo se puede decir de él que pueda, como poco, caminar. Directo al intestino y pasando por el estómago, una vez ingerido no deja de hablar:

-¿Por qué me has comido? ¿Por qué así conmigo no tuviste piedad?

Sólo se me ocurre una respuesta posible que que le pueda recetar:




Para JJ. Especialmente...

martes, 16 de noviembre de 2010

La gata gorda o el furor felino

Albergaba un sentimiento de desasosiego en mi pecho por la mañana temprano cuando caminaba mi paseo matutino frente a un hotel con algunos árboles rezando a su puerta cuando descubrí, para mi asombro, una bonita gata mirando hacia la copa de uno de los naranjos que se levantaban sobre mi cabeza. Estaba obesa. Era una bonita y lustrosa gata obesa que quería, al parecer, trepar y subir a las ramas entreveradas de más arriba.

Es realmente gracioso contemplar cómo un animal cuyo linaje proviene de una noble y ágil raza se agazapa, flexiona las patas traseras, se lanza desesperado al tronco del árbol, se aferra con fuerza a la corteza, pone su máximo esfuerzo en coronar la cima y se cae de costado contra el suelo.

El mundo femenino es idéntico. Se esfuerzan sexualmente en ser realmente activas cuando el cuerpo femenino está concebido para ser receptivo, pasivo. Ponen todo su empeño en alcanzar la satisfacción de subir a la copa del árbol y divisar el mundo desde lo alto. Consiguen con su esfuerzo no alcanzar siempre el placer inconmensurable de satisfacer absolutamente todos sus deseos y, sobre todo, olvidan que son los seres más complejos del planeta.

Cuando aquella gata salió huyendo despavorida de su accidental derrota, me percaté de un pequeño detalle: no estaba obesa, estaba preñada. Comprendí al instante que aun estando obesa hubiera podido doblegar la voluntad de aquel árbol si lo hubiera deseado. Que su constitución le hubiera permitido, aun siendo un animal inadaptado a su perfecta fisonomía, hacer lo que le hubiera venido en gana y satisfecho sus necesidades más propias.

El único lastre que tenía era su prole. Sólo el instinto le priva a la gata de su propia satisfacción. La preocupación por lo ajeno. El desmotivamiento es lo que la mueve, irremediablemente, a convertirse en una pobre criatura desdichada.

Continuidad de los parques (Cortázar)


jueves, 11 de noviembre de 2010

Scheiße

Una mañana te levantas cansado de la vida, decides ponerte tus botas viejas y salir a un exterior cambiante, un exterior diferente, irreconocible.

Las paredes no son paredes; las personas no son personas. Se respira aire envenenado con pétalos de flores marchitas acariciando las suelas de cuero por las que penetra el agua de los charcos negros.

Caminas hacia un destino impredecible y miras lo invisible, atraviesas la línea del infinito varias veces y tropiezas con el viento que sopla a tu favor, a favor de la pestilencia que se desprende de tu ropa.



Te levantas una mañana, cansado de la vida. Paredes de papel incendiarios que iluminan la oscuridad que sesga el laberíntico aire ahumado. Hay un perro que orina junto a las botas haciendo que se deshagan bajo la lluvia que del techo cae hacia su minúsculo pene replegado sobre el plumífero pelaje. De entre las llamas surgen los escrutadores ojos de la vanidad que lo percuten como brocas de metal, abriendo los recovecos de su mente. Las paredes se estrechan, el fuego se alimenta con el ácido acuífero. El animal le muerde la cola que se le desprende del trasero procurándole un dolor insufrible en la base de la espalda. Grita. Grita pero no se oye. Se le congelan las retinas y entonces no ve nada, sólo esos ojos blancos que como esferas de latón hacen que su pútrida imagen se refleje en ellos.

Se pone las botas. Se acuesta. Se levanta. Se pone las botas. Se lava los dientes. Se sienta sobre el sucio inodoro de porcelana y deja caer algo que no suena en el agua. Se vuelve para comprobar la importancia de su modesto aparato intestinal y descubre su rostro mirándole. Se pone las botas. Se sube los calzoncillos. Se sube los pantalones. Se pone las botas. Sale a la calle. Lo atropellan estúpidamente. Se pone las botas. Se acuesta sobre el asfalto. Muere. Le roban las botas. Se calza sus botas.

Hay mañanas en las que es mejor no cansarse de la vida y comprarse unas botas nuevas.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El peso de la razón

- Póngame medio kilo de razón, pero de la buena, ¿eh?, que la última vez me la diste un poco rebuscadilla y no había manera de entrar a mi hijo en vereda.

- Señora, ¿su hijo se llama Ludwig? Ese que al pobre siempre se le ve con un cuaderno bajo el brazo y andando solito calle arriba calle abajo.

- Ese mismo, ay, yo ya no sé que hacer con él. Se pasa el día diciéndome que hablo sin sentido y que no me entiende, menos mal que mi marido es un buen hombre y me comprende siempre, porque ya no sabemos qué hacer con el niño, de verdad.

- ¿Y ha probado usted a dejarlo tranquilo?

- ¿Pero cómo voy a hacer eso? En la sociedad actual permitir que alguien vaya por libre es la defensa de una suerte de neolibertinismo intolerable.


- ¿Por qué es intolerable?

- Porque se promociona un libre pensamiento muy alejado de la conformidad y confortabilidad del respeto comunitario y el derecho inalienable y constitucional del individuo sociópata.

- Señora, ¿acaso no ve usted que su hijo es autista?

- Pues qué razón tiene usted.

- ¿Ve usted como sólo vendo cosas buenas?

jueves, 28 de octubre de 2010

Derivaciones deícticas

Sucedió entre el cuarto día después de su boda y en el intervalo medio entre el almuerzo y la cena de los días siguiente y posterior al siguiente.

Se detuvo frente al reloj de la catedral, justo un poco por delante de la puerta de la tienda de souvenirs que se encontraba a dos días de su cierre y a unos minutos de su próxima venta destinada a acercar aún más a los dos pasos a los que se encontraba de los muros santos al turista que se alejaba de él en lenta aproximación a su lugar de encuentro.

Dirigió la mirada por debajo del campanario en excelente conservación tras la restauración de años antes a su ínfimo deterioro actual, y por encima de los grandes ventanales que distaban entre sí lo que medían el espacio ocupado por las piedras tres y cuatro comenzando a contar desde el pórtico en dirección a la derecha.


Anoche murió tras contemplar el reloj de la torre a la hora exacta en que la manecilla pequeña de la esfera señalaba el número comprendido entre el uno y el anterior al cuatro y la aguja mayor apuntaba directamente en la dirección opuesta al lugar donde se desplomó por encima del suelo empedrado.

lunes, 25 de octubre de 2010

Dream



Despertar y sonreir y descubrir que el baño de sudor es producto de un sueño. Que en la inconsciencia hemos vivido y hemos muerto; disfrutado y sufrido y que todo fue un vano sueño.

Despertar y descubrir con ilusión que vivo en un sueño, que soñando me aferro a la alegría de mi tristeza y que la soledad sólo acecha en lo onírico.

Despertar y soñar lo despierto, la fantasía y el anhelo de lo que alguna vez fue yerto.

Soñar... y saberse despierto.

martes, 19 de octubre de 2010

El cerrojo (Compartir la existencia)

Y entramos en el cuarto y lo hacemos acompañados. Nos quitamos la ropa, despacio, y el público aplaude entusiasmado. Nos metemos en la cama, desnudos, nos cubrimos con una sábana y la concurrencia prorrumpe en vítores desalmados.



No hay privacidad, señoras y señores. Todo es computable y si es computable, es visible. Las redes sociales pueden disputarse el contenido vital de un individuo muy por encima del entorno familiar. La vida está informatizada y están de moda las relaciones de microondas.

¿Quién es capaz hoy en día de vivir sin aparatos tecnológicos? Inténtenlo al menos y comprobarán que no se puede sobrevivir en la naturaleza que nos posee, que nos desposee. Poco nos importa ya el cerrojo de Fragonard, nada nos dice si no es que deberíamos instalar uno nuevo, dentro de nosotros mismos que privatice nuestras vivencias.

Especímenes, porque eso es lo que somos, nos toca compartirlo todo, incluso la privacidad de nuestras vidas compartidas. Así como ustedes pueden saber absolutamente todo lo que sucede en mi existencia aun sin conocerme, yo podría saber de las suyas. No existe cerrojo tras sus puertas que no pueda descorrer.

¿Qué hay tras el cerrojo? ¿Alguna situación erótica en el más puro sentido del acontecimiento estético? ¿Tal vez algún misterio por descubrir? Lo siento mucho, pero eso ya no existe. El cerrojo es una metáfora que en tiempos pasados nos pareció bellísima. Hoy no es nada. Disfruten de sus Gran Hermano particulares y, por si no nos leemos más veces: buenos días, buenas tardes y buenas noches.

jueves, 14 de octubre de 2010

El hombre con tres brazos



El hombre con tres brazos no era un gran hombre, ni un hombre elegante, ni un hombre especialmente destacado; de hecho, ni siquiera llamaba la atención lo suficiente como para considerarlo una atracción de feria. Lo único que le sucedía era que poseía tres brazos, un apéndice que le salía justo por debajo del brazo derecho que cumplía las mismas funciones que sus otros dos miembros. No era una rareza, ni un monstruo, ni siquiera una abominación; no era nada de eso, no era nada.

El hombre con tres brazos sabía tocar la guitarra y el piano y la trompeta y la flauta y el violín y la viola y el charango y el xilófono y el saxofón y los timbales y la batería. Sabía tocar una infinidad de instrumentos y se lamentaba tremendamente de no tener otro brazo para poder acariciar las notas de un dueto.

El hombre con tres brazos sabía tocar a las mujeres y acariciar sus senos y sus piernas y sus caderas y sus espaldas y sus vientres y sus cuellos y sus mejillas y sus ojos. Sabía dónde tocar en el momento exacto y sabía cómo hacer que quisieran que siguieran tocándolas. Tenía tres brazos para amplificar y ralentizar el tiempo del placer, para no cansarse nunca de usar uno y otro y otro brazo. Y aun así no podía hacer todo el uso que podía de ellos, porque tres brazos dan para una mujer, sí, pero también dan para una más y el amor es egoísta y no admite querencias a tres brazos.

El hombre con tres brazos sabía cocinar. Sabía cocinar chirlas con salsa de almendras y entrecot de cerdo lechal sobre una cama de patatas panadera y acompañamiento de verduras a la parrilla regadas con jugo de lima y sopa de aleta de tiburón y pasta al dente con dulces de higos repartidos por todo el plato. Sabía cocinar de maravilla y era la envidia de su ciudad. Pero de nada le servía tener un tercer brazo con el que elaborar los más exquisitos de los platos puesto que no tenía a nadie a quien ofrecérselos.

El hombre con tres brazos era la persona más normal del mundo salvo por un detalle: no que tuviera un brazo de más, eso no era nada digno de mención, sino que el hombre con tres brazos era un hombre desdichado, el hombre más desdichado de cuantos nadie jamás ha conocido.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Viaje a Ítaca


Alguien, un nuevo desconocido, sube a su taxi.

- ¿Adónde va? –Le pregunta.

- A ninguna parte.

El conductor no entiende, duda de si está bromeando con él o si es un simple loco confundido entre los mareos de la noche profunda.

- Usted sólo conduzca, ya llegaremos al final del camino en algún momento.

Mecánicamente obedece, arranca y echa a rodar por las sucias calles de la ciudad que dormita bajo un manto de putrefacción. Acelera y las luces a varios metros sobre sus cabezas se suceden fugaces en una línea resplandeciente que señala una dirección única.

- ¿Quiere que gire en algún momento? –Pregunta el taxista confuso.

- Ya ha girado hace rato.

El hombre mira a su alrededor por primera vez desde que el desconocido subió a su vehículo y ve la completa oscuridad rodeando su muerte. Se siente uno mismo fundido con el amasijo de hierros que se han hecho polvo, retorcidos en grotescas figuras, del coche que humea en una explosión de combustible y vapores.

Sin inmutarse, el desconocido pasajero baja del auto en llamas y rápidamente busca otro que pueda acercarlo un poco más a la muerte, a la suya, siempre que le sea posible.

El taxista mira el cuerpo de su pasajero inerte en el suelo y suspira resignado. Arroja la colilla consumida de su cigarrillo a la calzada y la pisa, no quiere que nadie la apague por él.

Un espectador ajeno contempla la escena desde una distancia prudente sin ser descubierto por nadie. Sonríe, cierra los ojos y vuelve sus pasos hacia una historia mejor. La noche está fresca y un abrigo le vendría bien para cubrir el recuerdo de la realidad que ha contemplado y que es incapaz de describir.

Ante algo así, piensa, sólo se puede pedir un taxi y que le conduzca a ninguna parte.

martes, 12 de octubre de 2010

De viejas rencillas con el alcohol

- ¡Volvemos a encontrarnos, vieja enemiga! –Le dije a la botella de vodka tan sobrio como el amor me lo permitía.

- ¿Quieres que te deje a solas con ella? –Me preguntó Y. con desconfianza. Sabía demasiado bien qué había pasado la última vez que esa botella y yo nos encontramos por lo que se fue preparando para regresarme a casa.

- Por favor. –Pedí yo. El espectáculo estaba asegurado.

Nos situamos uno frente a la otra, solos, junto a un vaso ancho con un dos cubitos de hielo. Ella estaba fresca, sabía que bien podía ser una lucha deliciosa, muy dulce y rápida, para que no sufriera. No describiré el proceso, pero estuvimos encerrados a solas durante quince minutos. Fue rápido, indoloro y casi erótico el modo como apuré la última posibilidad de aquella botella. Cuando abrí la puerta, Y. se sorprendió gratamente.

- ¿Qué ha sido de ella?

Inmediatamente esbozó una sonrisa y nos dirigimos juntos al velatorio. Dentro, había visto una botella de vodka herida, agonizando en el suelo con inusitado horror mientras se desangraba sin remedio.

F.A.P.S.

¿Qué son tres meses?

Tres meses son todo. Tres meses no son nada. Dan para mucho y para poco. Pero sobre todo, tres meses son el tiempo que he estado sin torturaros con escritos dolorosos a la vista y a la mente. Se acabó el chollo, señoras y caballeros.

Bien es cierto que en cualquier momento pueden dejar de leerme y sería sin duda la opción más sabia, aunque la más insatisfactoria para mí. Porque siempre se escribe para alguien, lo quieran o no, y siempre hay alguien dispuesto a leer basura. Eso sí, basura entretenida cuanto menos.

Nuevamente: ¿qué son tres meses?

Son una época de crecimiento, de enriquecimiento experiencial y amplitud de horizontes. Son una cantidad formal a priori de la sensibilidad constreñida en un espacio determinado. Tres meses son tres meses para todo lo que ustedes quieran. Ahora bien, esos tres meses ya fueron... ¿Qué quieren ahora?

Tiempo. Más tiempo. Para holgar y leer y escribir.

Nuevamente, es tiempo para plasmar el conocimiento o las experiencias adquiridas. El que yo lo haga de este modo es sólo una opción como cualquier otra. Igual de aburrida, de interesante, de sencilla y de cargante. Ustedes deciden si les interesa o les aburre.

¡Es mi vida y no se la presto!

jueves, 24 de junio de 2010

Se il bacio dolce...


- Hola, hola.

"Alguien me llama pero, ¿quién es?"

- Hola, hola.

"Ahí está, vuelve a hacerlo. Tal vez debería abrir los ojos y comprobar quién es. Su voz me suena, pero no puedo identificar su rostro desde aquí. Aunque creo saber de quién se trata. No, en realidad no lo sé."

- Buenos días. ¡Ah, abres los ojos, ahora todo va mucho mejor! ¡Enfermera!

"Vaya, al parecer está contenta. Qué divina expresión en sus ojos, qué rasgos nórdicos más hermosos. Me encantaría alcanzarla y besar la línea de sus labios. A ver, un intento más... Pero no, no puedo, imposible. Odio esto."

- ¿Has dormido bien? Oh, por supuesto. Un beso.

"Qué extraña sensación: sé que me ha besado la mejilla pero no he sentido nada. De hecho no siento nada, ni recuerdo. ¿Quién es ésta chiquilla? Realmente es preciosa y me encantaría tomarla entre mis brazos. Pero, ¿qué hago aquí? Esto es un hospital, no me gustan los hospitales. Y cuántas luces. ¿Para qué tanta luz? Así la chica parece un ángel de amor sacado directamente de un ensueño. Vaya, tal vez lo sea con el azul increíble de sus pupilas y el brillo dorado de su cabello. ¿Pero qué digo? ¡Si me está desnudando!"

- Muy bien, ahora vamos a lavarte, ¿de acuerdo, papaíto?

"¿Papaíto? ¿Y quién es esa otra mujer tan fea y... ¡ogh!, poco cuidadosa? No, esto no puede ser, tengo que marchar de aquí, no me gusta, no estoy cómodo. Por bonita que sea no puedo tolerar que esa chica me toque, no puedo dejar que me traten así. ¿Por qué no puedo evitarlo? ¿No me dejan moverme o es que no puedo? Me da igual, voy a salir de aquí porque nada tengo por hacer en éste lugar. Señoras, pásenlo ustedes bien, ahora cierro los ojos y ya no me ven."

- Hola, hola.

"¿Está llorando?"

- ¿Hola, hola?

"Sí, llora. No puedo hacer nada, lo siento señorita, tendrá que reservar su belleza para otro."


- Hola, hola, mi niñita.
- Hola, hola, papaíto.
- ¿Dormiste bien, pequeña?
- No demasiado, tengo examen.
- Oh, pero tú lo sabes todo. Desayuna fuerte y a por todas. Yo tengo que ir a la fábrica, espero volver. ¿Un beso?
- Uno fuerte.
...

"Pero no volví, ¿verdad?"

martes, 22 de junio de 2010

Redención

viernes, 18 de junio de 2010

El hombre gris



Tocaba el piano en un mal antro, de esos de los que tienen ratas en los baños y almas errando por cada rincón ahumado; tocaba su música gratificante en el lugar más inhóspito de la ciudad, también en el más reputado.

A menudo se sentaba después de la actuación en un taburete, acodado en la barra para ahogar sus penas en alcohol. Era su método: descubrir los sentimientos que nadie podía leer en una partitura amarillenta y esconderlos una vez más donde nadie los pudiera sorprender. Con una copa de olvido era mucho más fácil ser comprendido.

A pesar de todo, se cuidaba mucho de no desvelarse ante ninguna mujer. Era de amor fácil y de pasión comprometida y siempre tocaba su instrumento mucho mejor de lo que cabía esperar en privado, en la seducción de la soledad, que en la olvidada ciencia del lustroso bar.

El movimiento de falanges era muy amplio, sensual, simple y sofisticado a la vez. Componía sus melodías entre teclas de melancolía a base de dicotomías intocables. Las pulsiones de las cuerdas se mofaban de su dedicación, del olvido de su ser, de la pérdida de su esencia como hombre. Él era un simple instrumento que debía arrancar las notas del cuerpo de su amada. Una amada es un piano que debe ser perfectamente tocado, perfectamente despojado de su interior erótico y lleno de una vida que merece la pena perder entre unos dedos hábiles, unos dedos que después no saben qué hacer, unos dedos frágiles y expertos, unos dedos que jamás se podrán ver dos veces del mismo modo, unos dedos...

lunes, 14 de junio de 2010

Lágrimas de mentiras

Suspira, llora; se encuentra ahogando sollozos abandonados en un parque a medianoche, la hora de las princesas. Desde lejos ve aproximarse los faros de xenón de un cliente. Se seca las lágrimas sin importarle que el maquillaje le emborrone la mirada y se abre un poco la chaqueta para exhibir la mercancía. Ella es una perfecta dama de compañía.

Pasada la hora queda abandonada, palpándose el pecho en busca de un corazón desaparecido. Está sola, agotada y sola. Sentada en un banco se lamenta por la pérdida más reciente de todas. No logra aferrarse a la vida que se le escapa por entre las piernas, se le arruga el vestido y ya nada le importa, no mientras siga siendo la dama de compañía más abandonada de las que puedan existir en la esquina de la perdición y el amor de baratijas.

Empieza a hacer frío y la luz de las farolas no ilumina nada. Ha perdido parte de la ropa, de la dignidad y, aunque ella no lo sabe todavía, acaba de perder su último recurso de evasión de la vida. Mirando la noche negra se percata de que se encuentra flotando en un vacío seminal, germinando sobre un lecho de metal.

Es una dama y eso nadie puede ponerlo en duda. Nunca una dama había sido tan elegante y profesional, ofreciendo la soledad de su compañía, vendiendo un placebo y acortando su pronunciado valor femenino. Era una dama, la dama de la noche negra, la dama de compañía mejor acompañada en la soledad de las lágrimas prefabricadas.

viernes, 11 de junio de 2010

Mononoke



A veces necesitamos que una buena película nos abra los ojos del alma y los oídos del corazón.

miércoles, 9 de junio de 2010

"Patofobia"


Patofobia: el temor de que en algún lugar, no se sabe de qué manera, un pato lo está mirando.

Estás en tu casa, estudiando frente a la ventana del salón y de pronto te topas con ese dibujo diabólico: un hombre sentado en su despacho con cara de sospecha y la sombra de un pato vigilándole desde el edificio que se levanta al otro lado de la gran vidriera a la que le está dando la espalda.

Lo primero que te pasa por la mente es que se trata de la estupidez más grande jamás ideada. Más tarde te descubres a tí mismo oteando las ventanas semicerradas de los edificios de enfrente.

Poco a poco, la paranoia va en aumento. No tardas en caminar por la calle con la extraña sensación de que un pato podría estar persiguiéndote y que, debido a su práctico tamaño, puede esconderse a la mínima sospecha. Puede que sólo sea una alucinación, un pensamiento absurdo y delirante; pero también podría no serlo.

La viñeta descrita es real, se encuentra en el libro de K. J. Gergen "El yo saturado". La fantasía del pato que observa adquiere importancia cuando, no sólo uno se siente escrutado, sino que lo realmente importante es que no se sabe de qué manera puede estar mirándolo ese pato, ese terrorífico e impredecible pato.

lunes, 7 de junio de 2010

18 segundos (Macgregor)


viernes, 4 de junio de 2010

El hombre que catalogaba aves

El hombre que catalogaba aves era muy peculiar y conocía muchas de éstas criaturas. Él las llamaba pollos.

Conocía diferentes tipos de pollos: el pollo de pechuga gorda; el pollo tonto; el pollo de parque; el pollo de patita muy junta que caminaba con aspecto de mayordomo borracho; el pollo de pico como una pala; el pollo volador de alas atrofiadas que no le permitían volar; el pollo que observaba desde algún lugar -no se sabe muy bien dónde- a su observador; el pollo de fondo de barril; el pollo desalado; el pollo de transporte de niños; el pollo de transporte de mierda; el pollo que vende el pollero; el pollo que estalla si come trigo mojado; el pollo comedor de pollos; el pollo que vuela en círculos; el pollo hembra; el pollo que se estrella contra los cristales; el pollo contumaz en su estrellarse en los cristales; el pollazo de huevos gordos; el pollo que no es pollo; el pollo muerto...

Ese era su trabajo y él era feliz así.

jueves, 3 de junio de 2010

Morir de amor


No hay nada más mortal que el amor de una madre.

Una madre quiere al fruto de su vientre y ya puede estar físicamente como esté, que lo va a cebar como si de un puerco se tratase. Para una madre, un hijo que se va de casa puede ser un loco perturbado que se dedica a asesinar prostitutas por las noches que todo le va a dar igual mientras se alimente como es debido. Y cuando digo como es debido me refiero a ser capaz de ganar peso a razón de kilo por día.

El amor de madre no se puede reconocer por la calidad de los abrazos, la asiduidad de los besos ni la belleza de las palabras. El amor de madre se mide por la cantidad de material de engorde contenido en sus comidas, en cada uno de sus platos, en cada bocado. A mayor riesgo de reventar comiendo, mayor es el amor prestado.

No hay mayor satisfacción para una madre que ver estallar el fruto de su vientre ahora que por fin es independiente. No es ironía, es la crueldad oculta en el amor de una madre, es la verdad escondida en un inmenso plato de comida.

lunes, 31 de mayo de 2010

Diamantes en el aire

Como tocar un ángel en su desnudez infinita. Como el reflejo de una luz prístina vista desde el fondo de un lecho amiótico que te nutre, que te ilumina, que te hace comprender la verdad de tanta belleza reunida en unos mismos rasgos faciales que son indiferentes al resto de la sociedad saturada de una nueva estética.

La contemplé durante apenas unos segundos, hipnotizado, ajeno a la conversación que yo mismo había comenzado y que seguía su desarrollo como si tal cosa, totalmente indiferente a tanto esplendor, al conjunto azulado que se cruzó con mi mirada para derribarla de un plumazo.

No podría describirla, imposible. Estaba obnubilado con su figura envuelta de blanco, con su cabello de azabache brillando lacio hasta poco más allá de sus claros hombros. De rasgos que me recuerdan a la hermana de una persona querida, demasiado querida.

Y sus ojos... Tal vez no fueran para tanto. Tal vez había más gente allí y nadie reparara en la importancia del recuerdo. Tal vez, lejos de entender que la existencia de un ser tan perfecto, todo el mundo prefería obviar su presencia. O tal vez era, simplemente, que no debí haber salido de casa con un estadio tan desarrollado de la gripe que me invadía...

martes, 25 de mayo de 2010

Grapar las miradas



Mírenlo bien, mírenlo con los ojos de observar detenidamente, no con los de mirar por la superficie. Deténganse a estudiar un poco las miradas de la gente, las hay de todo tipo: miradas de felicidad, miradas de compasión, miradas de odio, de afección y de interés... Hay miradas, mírenlo bien, perdidas en el horizonte del más puro amor, ciegas ante tan amplio campo de visión.

Se miran, se observan, se devoran con los ojos cerrados mientras sus cuerpos se descontrolan. ¿Por qué, me pregunto, por qué curiosean todo lo que les interesa sin poder ver nada? Sólo el cuerpo danzando despacio alrededor de un alma varada.

Mírenlo bien, mírenlo con los ojos que no se pueden ver, con los que no se pueden perder en el ínfimo infinito de la mayor soledad de todas, la soledad enamorada.

Son personas de vista cansada, que quieren todo y no encuentran nada. Parejas que viven solas, que comparten sus soledades en la intimidad, que no piensan en superar el horizonte de sus realidades.

Es triste, muy triste que se busquen eternamente y no se encuentren porque no han hecho otra cosa que perderse entre sábanas de porcelana. No han hecho más que olvidarse de todo en virtud de sus nadas. Sus amores sólo han sabido graparse las miradas.

lunes, 24 de mayo de 2010

De Perdidos...


Todos lo sabíamos desde el inicio de la serie y ahora los pobres frikis y seguidores más asiduos dicen que están decepcionados. Bah, estúpidos e ingenuos. ¿Qué pretendían, que el final fuera una explosión de argumentos descifrados y un cierre total de la serie? Pues efectivamente, así ha sido, pero como son idiotas, pues no se enteran de absolutamente nada.

Todos muertos, un accidentillo y un paso por el "purgatorio" que exige toda creencia religiosa. Esa preciosa iglesia en la que se concilian todas las religiones porque no hay manera de dar una salida convincente a tanto embrollo... Ese final que no se cierra porque es la escena con la que se abre todo el horror... Qué divertido todo. Qué estupido que tanta gente en todo el mundo se haya indignado por no ver resuelto un sueño que, mírenlo bien, sabían que no se iba a resolver como querían porque la trama estaba embrollada hasta tal punto que no se iba a solucionar nada si no era haciendo que todo desaparezca de un modo u otro.

Es cierto, muchos interrogantes quedaron abiertos, pero claro, había que terminar de algún modo, ¿no? El caso es que nos hemos pegado el madrugón para absolutamente nada. Ahora bien, a mí me queda la satisfacción de no haberme tragado todas las temporadas y toda la mierda que les han estado metiendo a ustedes durante seis años. Me permito un instante de satisfacción y de risa caballuna dirigida a ustedes: jódanse (que es lo que les queda...) y traguen.

Mientras medio mundo despotrica porque es estúpido y no tiene ni pajolera idea de filosofía, teología y/o lógica, yo pienso gozar de mi día empezando por terminar mi taza de café y mi napolitana de chocolate y crema. Espero que hayan disfrutado de su "inesperado final" tanto como yo y que guarden la esperanza de que los guionistas mueran como sus protagonistas.


O quizá es que estén muertos ya y hayan estado purgando sus pecadillos...

jueves, 20 de mayo de 2010

Flüstern

lunes, 17 de mayo de 2010

L´arte di Moth

- ¡Volvemos a encontrarnos! -Dijo Joaquín Jesús mientras enarbolaba la ironía en dirección a su archienemiga polilla.- ¡En garde!

Se quitó la holgura para correr tras el bicho y no notarse cansado del peso de su existencia. No estaba gordo, es que despreciar los nutrientes es pecado para sus complejas células. No es que le tuviera manía, es que aquel insecto había estado riéndose de él la noche anterior y eso, eso era intolerable incluso para cualquier humano.

La desocultó como se desvela la verdad, la arrinconó contra la grasilla de las losas de la cocina y aguardó a que aletease agotada. No se trataba de atacarle a traición, por Dios que jamás actuaría de forma tan innoble, sino que era una brillante estratagema por la cual no tendría que pasar por una ardua persecución. Y es que perseguir algo, sea lo que sea o sea quien sea, es cansado.

Pero su paciencia tenía un límite y al minuto de expectación se cansó -porque esperar también es cansado- y empezó a agitarse y hacer aspavientos contra su pobre enemiga. Ésta aleteó, sobrevoló su cabeza en actitud altanera y con una sonrisa dibujada entre sus antenas, riéndose de los vanos intentos de su enemigo por darle caza.

Joaquín Jesús se rebeló contra la piedad, se alzó en un remolino de viento irónico y, finalmente, la propia polilla fue a chocarse contra su atronadora arma engastada de esperanza y un polvillo residual.

Sudando, satisfecho, se apoltronó en su sofá, su subalterno, triunfante y satisfecho de sí. El noble mueble no emitió queja alguna, -prefería llorar en la soledad de la mañana,- aceptó estoico su divino extenuamiento y recibió como premio una leve caricia por su fidelidad.

Tomó sus cerillas, acercó una encendida a su ilustre pipa y celebró su victoria como era debido: entre una voluta de satisfacción y autosuficiencia y ahogando sus delitos en alcohol. En su cara de bobo bonachón se dibujaba una mueca de altivez mientras de sus cuerdas vocales manaba una canción:

- ¡Sí, vendetta, tremenda vendetta...!

jueves, 13 de mayo de 2010

Insomnio

Son ya demasiadas horas sin dormir, no aguanto más. En la madrugada en la que se supone que la ciudad descansa se escuchan sonidos a los que nadie presta su atención. Alguien llega a su casa demasiado tarde, puedo notar que es sumamente feliz por el esporádico encuentro del que viene. Algún pajarillo despistado no deja de trinar en algún árbol del parque de al lado. Demasiado arriba pasa un avión comercial. Demasiado abajo se arrastra una lombriz que muere por sobrevivir. Un bebé llora, es irritante hasta lo insospechable. Todavía hay alguna ventana que emite luz, la luz amarillenta de algún individuo que, a buen seguro, es un insomne como yo. De cuando en cuando una bocanada de aire que azota partículas en suspensión y mi cuerpo cansado del vibrar del sueño.

No puedo dormir. Sentimientos y trabajo, preocupaciones y ardides, calor y frío...

Las dicotomías de un poeta me tranquilizan pero no son suficientes. Tal vez una taza de café o una copa de ginebra logren despertar mi ingenio. Tal vez así, sólo así, podré acariciar de nuevo el polvo estelar de la nebulosa que envuelve las lágrimas del tiempo; poder embadurnarme con ese cieno espeso hasta que me engulla adquiriendo mi forma, mi figura, mi conciencia y mi amargura.

No puedo dormir, no, no puedo hacerlo, no porque no sea capaz, es que aún no puedo dormir, es que ya llevo demasiado tiempo haciéndolo...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Libertad (Bukowski)


jueves, 6 de mayo de 2010

El jardín secreto

El violín de Ingres fue la realidad de Man Ray. No era una mujer, era un instrumento, un poderoso y sonoro instrumento de deseo.

Cada curva de su cuerpo es una brillante pieza de ébano, límpidamente tallada contra la silueta de su música interior. Tocarlo es un placer, un gozo intachable que se adivina entre la luz y la sombra que proyecta en el objetivo de la cámara. El ojo de su autor llora, un amante privado del material de su espíritu.

No es una mujer, es un instrumento volátil que impele a ser tocado, a que le arranquen las mejores notas musicales para las que fue fabricado.


Acariciar cada una de sus curvas es sentirlo, aprehender su suave tacto descarnado. Friccionar el arco contra él, despacio primero, aún más despacio después. Buscar que hable, que corcheas mudas tartamudeen en el espacio infinito y resuenen desde lo más profundo de su aliento. Buscar que hable, buscar que se exprese en un idioma inexistente.

No es un violín. Es el violín más perfecto de todos los violines que no lo son. Es único. Es única.

Su cuerpo de madera necesita ser horadado, agredido hasta que resuene por encima de los cimientos de la creación. Su extensión, su figura, utilizadas hasta el límite de sus posibilidades. Arrancarle un sonido cada vez más agudo que chirría y chirría como si sus cuerdas cedieran bajo las pulsiones que arquean su espalda.

Finalmente el éxtasis roza la exaltación de la música que suena, que se va apagando con el morir de los cuerpos que se destruyen en un apasionado baile astillado. Los cuerpos se rompen y el sonido cesa. El violín de Ingres es un mero objeto demacrado por el uso permitido.

No es una mujer. Es un instrumento.
No es un instrumento, es una fotografía.
No es una fotografía, es un relato.
No es un relato, es la realidad de Man Ray.

No es una realidad, es la cotidianeidad de un jardín olvidado, consumido entre las flores que lo han destruido.
La música de la vida que cede a la vida...
El silencio para siempre apagado...

lunes, 3 de mayo de 2010

El hombre sin pene

Conozco a un hombre muy varonil. Bueno, mucho no, pero sí lo suficiente. Tiene una voz profunda y grave como la de un tenor, las manos fuertes y seguras como las de un obrero y el torso robusto y curtido como si lo hubiera esculpido con martillo y cincel en roca virgen. Sí, era un tío, un verdadero tío.

Tan sólo tenía un pequeño defectillo a todas luces sin importancia: no tenía pene.

Y en cierto modo era, más que un defecto, un engorro. Porque no tener un miembro por el que miccionar significaba no poder beber, no poder ingerir líquidos de ningún tipo y, por lo tanto, tener una vida muy corta. No obstante, era un hombre, un verdadero hombre. Un bohemio, un vividor.

Él notaba una ausencia que llenaba con los más oscuros placeres. Las mujeres lo adoraban porque no buscaba el goce propio, ya que le era imposible, y se volcaba totalmente en ellas. Su falta de corporeidad le instaba a buscar la perfección del mundo exterior, por lo que había desarrollado las más sutiles destrezas en todos los campos artísticos.

Había sólo una cosa que le preocupaba: moriría. Irremediablemente moriría dentro de muy poco. No sabía cuánto tiempo podría aguantar así, por lo que la incertidumbre y la angustia le hicieron inmune a toda crítica ajena.

Todo el mundo se reía de él: el hombre, que se alimenta de amor, la mujer de grandes pechos, la mujer con cara de cerdo, la mujer sin nariz... Todos, sin excepción. Nadie se compadecía de su problema, de su carencia de virilidad.

No obstante, él sabía que no es que no tuviera pene. Lo que sucedía es que era invisible, era inapreciable para cualquier persona ajena a su perfecto miembro. Él tenía, y eso lo sabe todo el mundo, el mejor pene posible, invisible, perfecto... Y eso sólo podía significar una cosa, que no podía morir por su culpa, que nadie lo podía dañar: ninguna mujer, ningún ser real. Él era, con su exacto miembro inmortal, el mejor hombre posible que podría existir jamás.

miércoles, 28 de abril de 2010

Dios es multifuncional


Todo lo que existe tiene una razón. Su ser se debe a algo, algo sin lo cual, no sería; algo que es necesariamente. Está claro, Dios, la razón necesaria de todo lo que existe, existe a su vez debido a sí mismo como razón última y fundamento de todo.

En el mundo actual, la cibernética es la ciencia que sin duda nos llevará lejos cuando todo esto que tenemos alrededor se agote y opte por desaparecer sin dejar rastro. No obstante, sucede que nos hemos encomendado a las nuevas tecnologías como si se tratasen del nuevo dios que nos guía hacia un mundo mejor y que, probablemente, se halle fuera del que habitamos como sucede con cualquier religión que se precie.

Sin embargo, cualquier "Dios" en el que decidamos pensar no deja de ser una quimera agradable. El "Dios" cristiano (un dios bondadoso), el judío (un dios cabrón), el musulmán (un dios cachondo) y el resto de "Dioses únicos y verdaderos" vienen a ser prácticamente lo mismo: seres que consuelan por su existencia y que braman cada vez que me leen.

Tal vez nadie espera que lo diga, pero en el mundo actual tal vez el mejor "Dios" y más creíble sea el tecnocientífico. Un dios vacío, un dios que no aporta nada. El dios de los infames, los estúpidos y los ilusos.

Nadie se asuste, probablemente Dios existe. Dios es multifuncional en todo su ser: creó el cosmos y lo mantiene o procura que se mantenga en toda su perfección. Dios es multifuncional; lo es, y está demasiado ocupado como para dejarse ver. Es energía, voluntad creadora y conservadora que no se puede aprehender ni, como la razón perfecta de las leyes de la física, comprender en su absoluta magnitud.

lunes, 26 de abril de 2010

Salir por piernas

Hablando de leggings, esa horrorosa prenda femenina que tan de moda se pone por épocas según les dé por buscar la comodidad y dejar un poco atrás los clichés estéticos de la época vigente.

Piensen señoras, durante un momento, en sus amantes, en lo mal que lo deben pasar cuando van a echar mano de sus hermosas piernas y descubran un duro velo de nylon inquebrantable recubriéndolas. ¿Y bien? Es muy cómodo para ustedes, pero un completo engorro para ellos, sobre todo en momentos de pasión.

Qué cruel ese momento en el que no se sabe demasiado bien dónde tocar ni cuándo tragar saliva, en el que se comienza con el despropósito de deslizar una mano por debajo de la falda, puesto que hacerlo directamente por debajo de la braguita supone un acto de violencia sobre la propia mano o incluso el rostro. Qué cruel, decía, el llegar allí y toparse con una barrera sólo franqueable a los más hábiles y libidinosos, pues no hay cosa más complicada que hacer al lado un legging y proseguir con la tarea. Es, cuanto menos, desesperante.

Y no hablemos ya de lo antiestéticos que son; prevalece la comodidad a la hermosura del cuerpo desnudo insinuado e insinuante. No son bonitos: unas medias son bonitas; sujetas con un liguero son hasta eróticas; unos malditos leotardos no tienen nada de especial.

En definitiva, señoras, que si esa prenda tan odiosa se considerase un tributo a los atributos femeninos, van ustedes por el buen camino de librarse de una sociedad machista a costa de unos argumentos muy... leggings.

miércoles, 21 de abril de 2010

3055



Dos personas fundidas sin razón alguna son dos fantasmas danzando alrededor de la luna.

Un minuto recorrido por un beso absorbe toda una vida dedicada a uno mismo.

Amar no es compartir, es poseer, poseerse a sí y no dejar que se pierda su esencia en lo amado.

Amo mi vida y amo mi dedicación. Algún día dejaré de amar, pero entonces no podré decir adiós...

lunes, 19 de abril de 2010

Recordando a Hine

miércoles, 7 de abril de 2010

Ojos de hierba


...Entonces ella vio como su sonrisa se desmoronaba ante el gris espectáculo de la cotidiana destrucción, así que se sentó en el suelo y comenzó a llorar.

Lloró toda la tarde y toda la noche. Lloró por tiempo indefinido con el rostro hundido en las palmas de unas manos saladas que no vieron pasar el tiempo con sinuosa premura. Y aunque lloró hasta que su cuerpo se fue secando, no lo hizo con el dolor de quien lo hace por la pérdida. Tampoco mantuvo el llanto por la angustia de no poder cambiar la tristeza de las sonrisas silenciadas de los reflejos en los espejos rotos. No fue un llorar por placer; ni por necesidad; ni siquiera por dejar de llorar alguna vez, no. Lloró, simplemente, porque no era capaz de comprender cómo el resto del mundo, contagiado por aquella adorable tristeza, no tenía fuerzas para llorar.

Cuando su llanto cesó, escrutó con ojo lúcido en la imagen que le sonreía desde el charco líquido que se acumuló bajo sus pies. Alguien le sonreía, alguien a quien no reconocía.

Ella no lo supo, pero una sonrisa se dibujó tenuemente en sus labios blanquecinos. La tristeza de la gente se confundía con su figura, con el espacio límpido que ocupaba su fantasmal inexistencia, entre sus lágrimas de sal y sus ojos de hierba.

lunes, 5 de abril de 2010

Calcetines de pollo


Al pollo le gustaba practicar sexo como sólo un pollo sabe hacer. No obstante, él era un pollo particular.

A los animales les gusta quitarse toda muestra de colorido de encima cuando están en pleno coito, más que nada porque los colores llamativos son muy vivos y resultones en el momento de la seducción, pero poco útiles cuando han de centrar toda su atención en copular como salvajes: si se está atento a una cosa, la retaguardia está desprotegida ante los depredadores y todo colorido es un hermoso reclamo al fin de la vida copulativa -y toda, en general.

Pero he aquí que a nuestro pollo le importaba bien poco. Él se arriesgaba, no se sabe bien si por estupidez o por audacia, a fornicar con la cresta en alza. Y nada más podía preocuparle mientras estaba fervorosamente dedicado a su labor.

Por esa misma razón su pareja se extrañó tanto que se incorporó asustada el día que el pollo dejó de empujar en su empeño por encontrar el goce propio y ajeno.

- ¿Qué sucede? -Le preguntó arrebolada.

- Dame un momento. -Le contestó él buscando algo a los pies de la cama.

Sin apenas darse cuenta de la preocupación de su dama, el pollo se encajó a la perfección la cresta que con el movimiento se le había caído de la cabeza y retomó con fervor su actividad como si no hubiera sucedido nada.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Donde se desnudan los corazones

El artificio azul se desplazó por el asfalto iluminando la terraza a intervalos. Y yo demasiado solo para participar de la conversación.

Lágrimas de alcohol rosa se deslizaban por entre las manos entrelazadas; demasiado poco güisqui en mi gaznate.

Farolillos apagados sobre las mesas y palabras amargadas por risas de felicidad incontenibles. La noche sevillana desnudaba a la luna de su velo de tul violáceo, arrancándome un dolor inconfesable, oculto entre sonrisas de plástico.

Qué más dará todo si sólo entonaba una canción que nadie podrá escuchar jamás...

La calle silenciada me sacudía con violencia mientras retornaba al lecho de madera donde habré de reposar mis huesos en una cama más grande que el Universo infinito.

No ha habido en mi vida noche en la que me sintiera más solo. Apenas una pandereta sorda podía llenar un vacío apaciguado por el dolor de la felicidad ausente, por la felicidad que tan lejana se hallaba a pesar de estar presente.

En especial dedicación a aquellas personas amigas que me aguantaron aquella noche; no es fácil escuchar y comprender...

lunes, 22 de marzo de 2010

De la íntegra belleza femenina


Hay mujeres feas y hay mujeres guapas. La fortuna me ha permitido conocer muy diversos tipos de ellas. Algunas eran muy hermosas, otras eran difíciles de mirar. Se dice que el cuerpo de una fémina no puede no ser hermoso. Falso. Me he enfrentado a siluetas que más valía recortarlas con tijeras muy bien afiladas, que ya no pudieran distinguirse nunca más.

Hay mujeres que da gusto verlas, que brillan con el reflejo de la luz dorada que las baña como queriendo acariciar sus escotes al sol y melenas al viento. Que tienen caras como de niñas que esconden una fogosidad sutil, increíblemente escandalosa. De esas que tragarían carne como pastillas para la tos, que no temen llenarse la boca de inmundicias masculinas. Que sería imposibles darles un no por respuesta por indecente que su proposición nos parezca y que nos sugiera un descaro que jamás querríamos para nuestras madres.

Hay mujeres que, por suerte, son horrorosas. Pero no horribles de las que piensas que son unas malditas brujas rencorosas o desgraciadas, no -que también-, sino de esas de las que da miedo mirarlas. Un miedo atroz que recuerda a un monstruo viscoso y mugriento. Pero no porque sean sucias o huelan mal, es más bien que tienen unas caras que jamás querríamos mirar de frente aunque, por supuesto, tampoco de perfil. Que poseen unos rasgos más que repugnantes y menos agraciados que el trasero de un marrano. Yo las llamo mocos.

Hay mujeres que no son mujeres. Hay mujeres que son hombres.

De todas ellas, hay mujeres que me gustan más y las hay que no me agradan nada. Más me gustan las feas que las menos guapas. Menos me agradan las más bonitas que las más horrorosas. En cualquier caso, toda mujer es bella cuando me susurra al oído, apenas en un leve murmullo, palabras que sólo pueden salir de su boca.


Se acerca, se aproxima y notas su calor en tu oreja. La humedad de su aliento apenas si te impregna la carne del carrillo, y te lame la conciencia. Su perfume se cuela por tu nariz, tu olfato capta hasta la última espora emanante de su piel. Sus labios, finos o gruesos, dulces o amargos, te rozan el rostro. Luego tu boca. Luego el resto...

Hay mujeres que no son mujeres. Hay mujeres que quieren ser diosas. Lástima que todas mueran jóvenes, horribles y hermosas.

martes, 16 de marzo de 2010

Realidad letal

Carlos no podía apartar la mirada de la pantalla luminosa de su ordenador personal. Los ojos, abiertos como platos, observaban con fijeza el icono titilante del correo electrónico. Ya nunca hablababa con sus amigos personalmente; no les hacía falta.

Las cuatro paredes de su cuarto constituían el universo que encerraba su fascinante realidad entre la oscuridad que resultaba vencida por la luz proveniente del aparato en el que tecleaba con sus dedos grasientos. Comía entre mal y peor, siempre sin bajar la mirada al plato. Ya podía estar ingiriendo carne o letras que no las leería.

El icono seguía parpadeando en la inmensidad de una red ignota. Se frotó las cuencas y, con un esfuerzo colosal, se levantó de la silla y desvió la vista hacia la puerta cerrada, giró el pomo mugriento y salió. Antes de suicidarse, dejó un correo en su bandeja de salida con una sola frase: una gran mentira:

Carlos se ha conectado a la vida.

jueves, 11 de marzo de 2010

La mujer de grandes pechos

Es así, tiene unos senos enormes, la envidia de cualquier niña preadolescente. No es que sean grandes como de tener una talla de sujetador desproporcionada o poco común, no. ¡Es que son inabarcables con la vista! Eso sí, sólo si la intentas mirar a la cara, porque no se la puede ver de ninguno de los modos imaginables.

A decir verdad, se podría nadar entre sus pechos literalmente. Si hace cualquier tipo de ejercicio físico, un río de caudal generoso se desliza por entre sus carnes dejando a su paso un delicioso sabor mezcla del salado del líquido y el dulzor de su tersa piel.

Es una aberración, todo hay que decirlo. Y no porque una cabeza normal pueda quedar atascada si osa dispensar más pasión de la que pueda abarcar, sino porque su cuerpo está en exceso descompensado.

Ella es pequeña, muy pequeña. Y sus senos son enormes, demasiado enormes.

Háganme caso, no me tachen de pervertido o provocador o exagerado. Pueden hablar lo que quieran acerca de mí porque poseo la fortuna de encontrarme entre ese par de protuberancias, protegido por dos pezones que son del tamaño de pelotas de tenis.

Jamás me encontrarán aquí. Y yo soy feliz escondido por siempre al fin. Y ella es feliz de poder esconder a alguien entre sí. No me juzguen, pero es que tiene dos señoras tetas.

lunes, 8 de marzo de 2010

Al mar



Porque a veces necesitamos escuchar algo que despierte el ánimo.


Porque hay veces que necesitamos que una simple melodía haga que nos olvidemos del mundo que nos ha tocado sufrir.

Porque no siempre la compañía es lo mejor y un instante de soledad puede arreglar más palabras que nuestra voz...

miércoles, 3 de marzo de 2010

Dos océanos de resentimiento

Me topé con ella y no la conocía.

Nos sentamos juntos y despotricamos acerca de la incompetencia de la compañía de transportes.

Cruzamos las miradas; sus ojos eran de un azul intenso; bella, muy bella.

Nos sonreimos, nos acercamos, nos entendimos...

Ella bajó del autobús un pueblo antes que yo.

Los baños de la estación seguían estando igual de sucios.

martes, 2 de marzo de 2010

La mujer enamorada de sí misma

Elisa estaba enamorada. Era una mujer sencilla, no demasiado guapa.

En el tocador que había sobre la pared derecha según se entraba en su cuarto dentro de la casa de su tía, había un espejo de dimensiones adecuadas a lo justo y preciso para poder retocarse el rostro y el escote.

Sobre el tocador, además del espejo, había cosméticos de diverso tipo: cepillos, pulverizadores, pinceles, discos de algodón y pañuelos de seda, barras de labios, lápices de ojos de punta gruesa y fina, frascos de perfumes, -algunos eran parisionos, otros eran burdas imitaciones,- un vaso de agua a medio llenar y, en definitiva, otros tantos productos de estética femenina.

Elisa estaba enamorada y gracias a todo lo que había sobre el tocador, la inmaculada imagen que reflejaba el espejo era cada vez más artificial y más hermosa.

Cuando una mañana cualquiera se levantó como todas las demás, se incorporó sobre la cama, intentó bostezar y se palpó el rostro. Su cara, perdida e irreconocible, había quedado atrapada en el interior del espejo al que golpeaba deformándose aún más; bregando por volver a respirar amor o, más modestamente, incluso el desamor de su fealdad.


miércoles, 24 de febrero de 2010

El entorno hostil

En el seno materno estamos despreocupados. Estamos nutridos, cálidos, confortablemente acomodados. En el útero nos encontramos en un entorno perfecto, agradable; que nos aprisiona y que nos libera, que nos desarrolla y nos realiza. Ante todo, en el seno de una madre, mucho antes de nacer, estamos seguros, seguros de todo lo que queda por hacer.

El exterior es lo horroroso, lo que nos aturde, nos constriñe y aprisiona. Un niño, al nacer, llora. Llora ante su inseguridad, ante la contemplación o intuición de tantos peligros externos y extraños. Llora porque ya nadie puede protegerlo, porque acaba de dar con sus volubles huesos en un mundo desconocido que le amenaza de continuo.

Y aún no ha empezado lo peor. Todavía no se ha relacionado con nadie. Todavía no ha tenido que competir por nada. Aún se lo dan todo, pero pronto comenzará a pensar y parece que ante la intuición de un hecho tan complicado, ya necesita dar cuenta de que está ahí, de que existe en ese mundo y que está indefenso para siempre.

Ya no hay vuelta atrás. Ha dejado su entorno natural por un entorno hostil lleno de seres como él. Y ya no podrá volver a sentirse seguro nunca más...

lunes, 22 de febrero de 2010

El hombre, que se alimenta de amor


El hombre es un animal que necesita amor, se alimenta de amor y cariño. Se puede decir que desde que nace lo necesita, es su sustento primordial y más inmediato.

Nace, se le da amor y cariño en grandes cantidades e inmediatamente empieza a desarrollarse en su conjunto. Completa así el proceso que se inició en el útero materno justo en el momento en que se empieza a pensar que un dimituto ser se empieza a fecundar en su vientre. El nacimiento no es un hecho biológico, es un hecho deseado, ilusionado, imaginado y amado en mayor o menor medida.

Cuanto más amor se le da a un hombre, más crece, más se desarrolla. Se le quiere, no se puede evitar querer a un ser así, hijo de una madre. Siempre hay alguien que lo quiere y, por lo tanto, siempre crece, cada día un poco más.

Y justo cuando más crece, cuando más se lo ama, el hombre deja de nutrirse del amor. Debería crecer, seguir engordando y haciéndose mayor y más importante, pero por alguna extraña razón deja de hacerlo.

Debería crecer más y más. Rebasar los límites del mundo en un sentimiento afectivo recíproco que constituye una red amatoria que hace que se estime pequeño el valor del universo que habita.

Pero no, en lugar de destruir el mundo que lo rodea, el hombre prefiere destruirse a sí mismo. Lejos de lo que pueda parecer, no está concienciado con su entorno, pues es un acto egoísta ya que deja de amar a los demás, que a su vez dejan de crecer por empezar a quererse ellos a sí mismos.

El hombre, llegada una edad, deja de amar para amarse en la soledad de su crecimiento interrumpido. Y nunca, nunca jamás, llegará a alcanzar su mayoría de edad.

El monstruo deja de crecer y comienza a menguar...

jueves, 18 de febrero de 2010

Materia y forma

lunes, 15 de febrero de 2010

Lluvia gris


Llueve. Llueve hacia abajo. Está lloviendo y cuando deja de hacerlo, vuelve a empezar.

Llueve. Llueve hacia arriba. Está lloviendo con demasiada violencia, aunque no se la pueda llamar propiamente lluvia: no cae del cielo. El agua se eleva desde el suelo y asciende tanto como pueda imaginarse.

Los agujeros de la nariz se taponan y es fácil ahogarse de pie. No quieras vivirlo, es un espectáculo precioso pero, como todo en la naturaleza, arriesgado si permaneces mucho tiempo a la intemperie. La lluvia sube desde los pies y resulta muy engorroso intentar cubrirse con un paraguas. Mantener el equilibrio sobre esas varillas tan deformables es tarea imposible y entonces todo el agua se vierte sobre ti como un chaparrón invertido.

El agua no se ve, es transparente. Ni una sola gota puede ser atravesada por la increpancia de mis ojos. Me mojo. Me estoy mojando. Y la angustia de no poder contemplar cómo me estoy empapando de abajo arriba se acentúa al sólo poder notar la humedad en mi cuerpo destrozado por la sombra que el agua deja en mis ropas.

Un paraguas no serviría como tampoco cualquier tipo de ropa impermeable. Inevitablemente me mojo, me consumo por un enemigo invisible que va devorando mi cuerpo sin prisas, gozando de cada muerdo que le da a mi piel tras haber rebasado la capa superficial que la recubre.

Las gotas se apresuran a penetrar dentro de mí a través de mis fosas nasales. Me recorren todo el cuerpo, me obstruyen la circulación sanguínea y noto cómo la humedad de dentro y la de fuera son ya una misma. No hay diferencia, ya soy todo agua.

Lo que antes fuera mi cuerpo se eleva del suelo y acompaña a la invisible enemiga en su recorrido hacia la lejanía colmada de nubes. Ahora yo también soy etéreo, un líquido invisible que se evapora al alcance de una armoniosa dulzura celestial.

Noto calor. Demasiado calor. Y peso; peso tanto que no puedo seguir manteniéndome por más tiempo. Cuando me precipito al vacío no logro recordar cómo he llegado hasta ahí. Sólo soy un charco de agua translúcida y sucia que revienta como una burbuja al contacto con el suelo del que procede, salpicando, con todo mi ser, el cuerpo que brega con un inútil paraguas por no mojarse con un líquido que llueve hacia arriba.