A menudo se sentaba después de la actuación en un taburete, acodado en la barra para ahogar sus penas en alcohol. Era su método: descubrir los sentimientos que nadie podía leer en una partitura amarillenta y esconderlos una vez más donde nadie los pudiera sorprender. Con una copa de olvido era mucho más fácil ser comprendido.
A pesar de todo, se cuidaba mucho de no desvelarse ante ninguna mujer. Era de amor fácil y de pasión comprometida y siempre tocaba su instrumento mucho mejor de lo que cabía esperar en privado, en la seducción de la soledad, que en la olvidada ciencia del lustroso bar.
El movimiento de falanges era muy amplio, sensual, simple y sofisticado a la vez. Componía sus melodías entre teclas de melancolía a base de dicotomías intocables. Las p
ulsiones de las cuerdas se mofaban de su dedicación, del olvido de su ser, de la pérdida de su esencia como hombre. Él era un simple instrumento que debía arrancar las notas del cuerpo de su amada. Una amada es un piano que debe ser perfectamente tocado, perfectamente despojado de su interior erótico y lleno de una vida que merece la pena perder entre unos dedos hábiles, unos dedos que después no saben qué hacer, unos dedos frágiles y expertos, unos dedos que jamás se podrán ver dos veces del mismo modo, unos dedos...

