"Éste es el relato más triste que nunca he oído..."

Ford Madox Ford (El buen soldado)
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domingo, 22 de mayo de 2011

La mujer que vendía girasoles

Andaba por el campo voceando su mercancía. Bajo el cielo límpido pedía unas monedas a cambio de girasoles.

-¡Girasoles! ¡Girasoles grandes, hermosos y con multitud de pipas!

Caminaba sola por el campo abierto, agitando a los pájaros que la observaban tristemente desde la copa de los árboles más frondosos, escondidos de sus gritos agónicos.

Vendía girasoles a cambio de compañía; rendía pleitesía al polvo del camino que continuaba sus pasos hasta el horizonte amarillo, amarillo como su tez, del reflejo de la luz del material que vendía.

domingo, 13 de marzo de 2011

La mujer que se peleaba con las margaritas

La chimenea pedía fuego y el frío arreciaba fuera. La leñera no caía demasiado lejos y la lluvia había cesado por el tiempo justo para salir a por el alimento del calor.

Por un dudoso proceso ligado al azar le tocó a ella salir en busca del fuego. Atravesó el campo de margaritas que perlaban su ropa con la alegría del estímulo que puede generar una planta. Cargó sus brazos con troncos de madera que sostuvo con una mano. La otra portaba un vil instrumento de amenaza fabril, muy rudimentario, muy de madera, muy... palo.

Volvió a través de las silvestres enemigas que aguardaban para impedir su avance. Entre los estertores de una clorofilizada batalla donde la única sangre derramada arañaban las piernas de la chiquilla y los tallos de unas flores amarillas, el arma se convirtió en el lastre que se aferraba al peligro húmedo, pero también era la única posibilidad de zafarse de las margaritas.

En un intento por sobrevivir a nada, a nada que amenazase absolutamente nada, ella arrastraba el palo abriendo un surco entre las margaritas con las que peleaba.

La dificultad era nula. La épica se resolvía en nada. El esfuerzo reflejado en su cara era una simple metáfora literaria. Aun así, hubiera sido impresionante, de no ser porque se lo tomaba en serio, que perdiera ante un montón de margaritas cuya resistencia consistía en estar de pie. Se defendían aferrándose al suelo, al palo que las arrancaba.

Finalmente, la mujer alcanzó la casa.

- Traes margaritas entre la leña.

- Ya. Son las que me gustaban.

Relato cedido por María Isabel Rodríguez Gil

jueves, 14 de octubre de 2010

El hombre con tres brazos



El hombre con tres brazos no era un gran hombre, ni un hombre elegante, ni un hombre especialmente destacado; de hecho, ni siquiera llamaba la atención lo suficiente como para considerarlo una atracción de feria. Lo único que le sucedía era que poseía tres brazos, un apéndice que le salía justo por debajo del brazo derecho que cumplía las mismas funciones que sus otros dos miembros. No era una rareza, ni un monstruo, ni siquiera una abominación; no era nada de eso, no era nada.

El hombre con tres brazos sabía tocar la guitarra y el piano y la trompeta y la flauta y el violín y la viola y el charango y el xilófono y el saxofón y los timbales y la batería. Sabía tocar una infinidad de instrumentos y se lamentaba tremendamente de no tener otro brazo para poder acariciar las notas de un dueto.

El hombre con tres brazos sabía tocar a las mujeres y acariciar sus senos y sus piernas y sus caderas y sus espaldas y sus vientres y sus cuellos y sus mejillas y sus ojos. Sabía dónde tocar en el momento exacto y sabía cómo hacer que quisieran que siguieran tocándolas. Tenía tres brazos para amplificar y ralentizar el tiempo del placer, para no cansarse nunca de usar uno y otro y otro brazo. Y aun así no podía hacer todo el uso que podía de ellos, porque tres brazos dan para una mujer, sí, pero también dan para una más y el amor es egoísta y no admite querencias a tres brazos.

El hombre con tres brazos sabía cocinar. Sabía cocinar chirlas con salsa de almendras y entrecot de cerdo lechal sobre una cama de patatas panadera y acompañamiento de verduras a la parrilla regadas con jugo de lima y sopa de aleta de tiburón y pasta al dente con dulces de higos repartidos por todo el plato. Sabía cocinar de maravilla y era la envidia de su ciudad. Pero de nada le servía tener un tercer brazo con el que elaborar los más exquisitos de los platos puesto que no tenía a nadie a quien ofrecérselos.

El hombre con tres brazos era la persona más normal del mundo salvo por un detalle: no que tuviera un brazo de más, eso no era nada digno de mención, sino que el hombre con tres brazos era un hombre desdichado, el hombre más desdichado de cuantos nadie jamás ha conocido.

viernes, 18 de junio de 2010

El hombre gris



Tocaba el piano en un mal antro, de esos de los que tienen ratas en los baños y almas errando por cada rincón ahumado; tocaba su música gratificante en el lugar más inhóspito de la ciudad, también en el más reputado.

A menudo se sentaba después de la actuación en un taburete, acodado en la barra para ahogar sus penas en alcohol. Era su método: descubrir los sentimientos que nadie podía leer en una partitura amarillenta y esconderlos una vez más donde nadie los pudiera sorprender. Con una copa de olvido era mucho más fácil ser comprendido.

A pesar de todo, se cuidaba mucho de no desvelarse ante ninguna mujer. Era de amor fácil y de pasión comprometida y siempre tocaba su instrumento mucho mejor de lo que cabía esperar en privado, en la seducción de la soledad, que en la olvidada ciencia del lustroso bar.

El movimiento de falanges era muy amplio, sensual, simple y sofisticado a la vez. Componía sus melodías entre teclas de melancolía a base de dicotomías intocables. Las pulsiones de las cuerdas se mofaban de su dedicación, del olvido de su ser, de la pérdida de su esencia como hombre. Él era un simple instrumento que debía arrancar las notas del cuerpo de su amada. Una amada es un piano que debe ser perfectamente tocado, perfectamente despojado de su interior erótico y lleno de una vida que merece la pena perder entre unos dedos hábiles, unos dedos que después no saben qué hacer, unos dedos frágiles y expertos, unos dedos que jamás se podrán ver dos veces del mismo modo, unos dedos...

viernes, 4 de junio de 2010

El hombre que catalogaba aves

El hombre que catalogaba aves era muy peculiar y conocía muchas de éstas criaturas. Él las llamaba pollos.

Conocía diferentes tipos de pollos: el pollo de pechuga gorda; el pollo tonto; el pollo de parque; el pollo de patita muy junta que caminaba con aspecto de mayordomo borracho; el pollo de pico como una pala; el pollo volador de alas atrofiadas que no le permitían volar; el pollo que observaba desde algún lugar -no se sabe muy bien dónde- a su observador; el pollo de fondo de barril; el pollo desalado; el pollo de transporte de niños; el pollo de transporte de mierda; el pollo que vende el pollero; el pollo que estalla si come trigo mojado; el pollo comedor de pollos; el pollo que vuela en círculos; el pollo hembra; el pollo que se estrella contra los cristales; el pollo contumaz en su estrellarse en los cristales; el pollazo de huevos gordos; el pollo que no es pollo; el pollo muerto...

Ese era su trabajo y él era feliz así.

lunes, 3 de mayo de 2010

El hombre sin pene

Conozco a un hombre muy varonil. Bueno, mucho no, pero sí lo suficiente. Tiene una voz profunda y grave como la de un tenor, las manos fuertes y seguras como las de un obrero y el torso robusto y curtido como si lo hubiera esculpido con martillo y cincel en roca virgen. Sí, era un tío, un verdadero tío.

Tan sólo tenía un pequeño defectillo a todas luces sin importancia: no tenía pene.

Y en cierto modo era, más que un defecto, un engorro. Porque no tener un miembro por el que miccionar significaba no poder beber, no poder ingerir líquidos de ningún tipo y, por lo tanto, tener una vida muy corta. No obstante, era un hombre, un verdadero hombre. Un bohemio, un vividor.

Él notaba una ausencia que llenaba con los más oscuros placeres. Las mujeres lo adoraban porque no buscaba el goce propio, ya que le era imposible, y se volcaba totalmente en ellas. Su falta de corporeidad le instaba a buscar la perfección del mundo exterior, por lo que había desarrollado las más sutiles destrezas en todos los campos artísticos.

Había sólo una cosa que le preocupaba: moriría. Irremediablemente moriría dentro de muy poco. No sabía cuánto tiempo podría aguantar así, por lo que la incertidumbre y la angustia le hicieron inmune a toda crítica ajena.

Todo el mundo se reía de él: el hombre, que se alimenta de amor, la mujer de grandes pechos, la mujer con cara de cerdo, la mujer sin nariz... Todos, sin excepción. Nadie se compadecía de su problema, de su carencia de virilidad.

No obstante, él sabía que no es que no tuviera pene. Lo que sucedía es que era invisible, era inapreciable para cualquier persona ajena a su perfecto miembro. Él tenía, y eso lo sabe todo el mundo, el mejor pene posible, invisible, perfecto... Y eso sólo podía significar una cosa, que no podía morir por su culpa, que nadie lo podía dañar: ninguna mujer, ningún ser real. Él era, con su exacto miembro inmortal, el mejor hombre posible que podría existir jamás.

jueves, 11 de marzo de 2010

La mujer de grandes pechos

Es así, tiene unos senos enormes, la envidia de cualquier niña preadolescente. No es que sean grandes como de tener una talla de sujetador desproporcionada o poco común, no. ¡Es que son inabarcables con la vista! Eso sí, sólo si la intentas mirar a la cara, porque no se la puede ver de ninguno de los modos imaginables.

A decir verdad, se podría nadar entre sus pechos literalmente. Si hace cualquier tipo de ejercicio físico, un río de caudal generoso se desliza por entre sus carnes dejando a su paso un delicioso sabor mezcla del salado del líquido y el dulzor de su tersa piel.

Es una aberración, todo hay que decirlo. Y no porque una cabeza normal pueda quedar atascada si osa dispensar más pasión de la que pueda abarcar, sino porque su cuerpo está en exceso descompensado.

Ella es pequeña, muy pequeña. Y sus senos son enormes, demasiado enormes.

Háganme caso, no me tachen de pervertido o provocador o exagerado. Pueden hablar lo que quieran acerca de mí porque poseo la fortuna de encontrarme entre ese par de protuberancias, protegido por dos pezones que son del tamaño de pelotas de tenis.

Jamás me encontrarán aquí. Y yo soy feliz escondido por siempre al fin. Y ella es feliz de poder esconder a alguien entre sí. No me juzguen, pero es que tiene dos señoras tetas.

martes, 2 de marzo de 2010

La mujer enamorada de sí misma

Elisa estaba enamorada. Era una mujer sencilla, no demasiado guapa.

En el tocador que había sobre la pared derecha según se entraba en su cuarto dentro de la casa de su tía, había un espejo de dimensiones adecuadas a lo justo y preciso para poder retocarse el rostro y el escote.

Sobre el tocador, además del espejo, había cosméticos de diverso tipo: cepillos, pulverizadores, pinceles, discos de algodón y pañuelos de seda, barras de labios, lápices de ojos de punta gruesa y fina, frascos de perfumes, -algunos eran parisionos, otros eran burdas imitaciones,- un vaso de agua a medio llenar y, en definitiva, otros tantos productos de estética femenina.

Elisa estaba enamorada y gracias a todo lo que había sobre el tocador, la inmaculada imagen que reflejaba el espejo era cada vez más artificial y más hermosa.

Cuando una mañana cualquiera se levantó como todas las demás, se incorporó sobre la cama, intentó bostezar y se palpó el rostro. Su cara, perdida e irreconocible, había quedado atrapada en el interior del espejo al que golpeaba deformándose aún más; bregando por volver a respirar amor o, más modestamente, incluso el desamor de su fealdad.


lunes, 22 de febrero de 2010

El hombre, que se alimenta de amor


El hombre es un animal que necesita amor, se alimenta de amor y cariño. Se puede decir que desde que nace lo necesita, es su sustento primordial y más inmediato.

Nace, se le da amor y cariño en grandes cantidades e inmediatamente empieza a desarrollarse en su conjunto. Completa así el proceso que se inició en el útero materno justo en el momento en que se empieza a pensar que un dimituto ser se empieza a fecundar en su vientre. El nacimiento no es un hecho biológico, es un hecho deseado, ilusionado, imaginado y amado en mayor o menor medida.

Cuanto más amor se le da a un hombre, más crece, más se desarrolla. Se le quiere, no se puede evitar querer a un ser así, hijo de una madre. Siempre hay alguien que lo quiere y, por lo tanto, siempre crece, cada día un poco más.

Y justo cuando más crece, cuando más se lo ama, el hombre deja de nutrirse del amor. Debería crecer, seguir engordando y haciéndose mayor y más importante, pero por alguna extraña razón deja de hacerlo.

Debería crecer más y más. Rebasar los límites del mundo en un sentimiento afectivo recíproco que constituye una red amatoria que hace que se estime pequeño el valor del universo que habita.

Pero no, en lugar de destruir el mundo que lo rodea, el hombre prefiere destruirse a sí mismo. Lejos de lo que pueda parecer, no está concienciado con su entorno, pues es un acto egoísta ya que deja de amar a los demás, que a su vez dejan de crecer por empezar a quererse ellos a sí mismos.

El hombre, llegada una edad, deja de amar para amarse en la soledad de su crecimiento interrumpido. Y nunca, nunca jamás, llegará a alcanzar su mayoría de edad.

El monstruo deja de crecer y comienza a menguar...

viernes, 22 de enero de 2010

La mujer con cara de cerdo

Cuando la vi no pude evitar reirme de su cara de puerco. Puedo parecer ofensivo, pero no; la tenía, tenía cara de puerco. El cuerpo de una mujer, de una excelente mujer, bien formada y bonita como la que más, con curvas sensuales definiendo su silueta y olores embriagadores impregnando su ropa. Pero tenía la misma cara de un cerdo. No es que fuera similar o con rasgos parecidos o de la misma tonalidad, no: era la cara y la cabeza propia de uno de esos animales, que parecía que había cambiado su cuerpo por el de una mujer.

No era fea, nada fea. Simplemente, que tenía la cara de un cochino.

No pude evitar reirme, lo siento. Es que me resultó de lo más interesante del mundo; una cabeza de cerdo sobre el cuerpo de una mujer. Por supuesto, eso tenía que ser amor, porque hedía. Además, no me extrañó que el dueño inicial de la cabeza hubiera preferido aquel cuerpo. Era un cuerpo muy deseable.

Cuando terminé de reirme me miró, me miró con su cara de guarro cebado y no pude evitarlo. Más tarde, retozábamos en el barro mientras aprovechaba, como si toda ella fuera el animal, la integridad de su cuerpo. Todo era comestible. Todo, claro está, salvo su cara de puerco.