"Éste es el relato más triste que nunca he oído..."

Ford Madox Ford (El buen soldado)
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sábado, 15 de octubre de 2011

Crear un rostro

- Hace muchos días que no la veo.

Como si se tratase de un ente extraño que recuelga suspensa en un vacío interior. Ver un espejismo, captar las palabras de una idea oculta...


- Ya no digo nada más. -Y desaparece. Y tardas días en pensar que lo ha hecho porque jamás esperabas que pudiera hacer algo así.


Conrad escribió: "el arte es largo, y la vida corta, y la verdad muy lejana". Ella buscó la verdad en el arte, la buscó en Magritte, la buscó en Tzara; la buscó también en Kandinsky, y en Danto, y en Warhol, y en Cage, y en Duchamp. Tan sólo encontró abismos, abismos llenos de ideas. Pero las ideas, ¡ay!, son mu
y peligrosas y están cargadas de pesimismo.

La carga positiva de una idea es efímera, dura lo que dura la concepción, el parto de la idea. Después se desvanece entre nieblas de posibilidades, tantas por cada humano que la interpreta.
Cuando dijo que no diría nada más no volvió a hacerlo. Se encerró en su cuarto, corrió las cortinas, se introdujo en un cuadro y allí se quedó por siempre. Cuando fueron a visitarla, un espectro abrió la puerta.

- Buenas tardes. -Dijo el pincel.- Pasen, la señora no está en casa, pero si se dan prisa aún podrán verla.


La concurrencia penetró en la sala repleta de utensilios de pintura. El que les abrió la puerta de acceso dio un respingo, se encaramó al caballete y dio un par de brochonazos sobre el cabello decolorado de su amiga.

domingo, 5 de junio de 2011

El baile de las albóndigas

Se sitúan en una olla, hirviendo a un fuego que las hace borbotear al compás de la cebollita picada que salta sin parar.

Nueve albondiguillas de carne bien frita que danzan en círculo como una ceremonia tribal, rodeando a dos que han quedado en el centro, una pareja que se complementa con el olor que despreden a sudor caliente y vino cocido.

Once cabezas que saltan como calvos masais mientras se consumen en su jugo y engordan, y van adquiriendo el delicioso sabor del guiso, y el mago de la tribu invoca al todopoderoso tenedor que los ensarta a todos, llamándolos así a su presencia, para que el Gran Dios que hace apenas una hora que los ha creado los devore como Saturno hizo con sus hijos.

No hay distinciones de tribus, no hay rasgos diferentes: todos son iguales ante Dios, el único, se llame como lo llamen. Y tan pronto como Él lo decida, inexorablemente serán todos llamados a Su presencia, sin pasar por distinciones de tipo alguno, sin ser repudiados para su omnisciente estómago.

martes, 19 de octubre de 2010

El cerrojo (Compartir la existencia)

Y entramos en el cuarto y lo hacemos acompañados. Nos quitamos la ropa, despacio, y el público aplaude entusiasmado. Nos metemos en la cama, desnudos, nos cubrimos con una sábana y la concurrencia prorrumpe en vítores desalmados.



No hay privacidad, señoras y señores. Todo es computable y si es computable, es visible. Las redes sociales pueden disputarse el contenido vital de un individuo muy por encima del entorno familiar. La vida está informatizada y están de moda las relaciones de microondas.

¿Quién es capaz hoy en día de vivir sin aparatos tecnológicos? Inténtenlo al menos y comprobarán que no se puede sobrevivir en la naturaleza que nos posee, que nos desposee. Poco nos importa ya el cerrojo de Fragonard, nada nos dice si no es que deberíamos instalar uno nuevo, dentro de nosotros mismos que privatice nuestras vivencias.

Especímenes, porque eso es lo que somos, nos toca compartirlo todo, incluso la privacidad de nuestras vidas compartidas. Así como ustedes pueden saber absolutamente todo lo que sucede en mi existencia aun sin conocerme, yo podría saber de las suyas. No existe cerrojo tras sus puertas que no pueda descorrer.

¿Qué hay tras el cerrojo? ¿Alguna situación erótica en el más puro sentido del acontecimiento estético? ¿Tal vez algún misterio por descubrir? Lo siento mucho, pero eso ya no existe. El cerrojo es una metáfora que en tiempos pasados nos pareció bellísima. Hoy no es nada. Disfruten de sus Gran Hermano particulares y, por si no nos leemos más veces: buenos días, buenas tardes y buenas noches.

jueves, 6 de mayo de 2010

El jardín secreto

El violín de Ingres fue la realidad de Man Ray. No era una mujer, era un instrumento, un poderoso y sonoro instrumento de deseo.

Cada curva de su cuerpo es una brillante pieza de ébano, límpidamente tallada contra la silueta de su música interior. Tocarlo es un placer, un gozo intachable que se adivina entre la luz y la sombra que proyecta en el objetivo de la cámara. El ojo de su autor llora, un amante privado del material de su espíritu.

No es una mujer, es un instrumento volátil que impele a ser tocado, a que le arranquen las mejores notas musicales para las que fue fabricado.


Acariciar cada una de sus curvas es sentirlo, aprehender su suave tacto descarnado. Friccionar el arco contra él, despacio primero, aún más despacio después. Buscar que hable, que corcheas mudas tartamudeen en el espacio infinito y resuenen desde lo más profundo de su aliento. Buscar que hable, buscar que se exprese en un idioma inexistente.

No es un violín. Es el violín más perfecto de todos los violines que no lo son. Es único. Es única.

Su cuerpo de madera necesita ser horadado, agredido hasta que resuene por encima de los cimientos de la creación. Su extensión, su figura, utilizadas hasta el límite de sus posibilidades. Arrancarle un sonido cada vez más agudo que chirría y chirría como si sus cuerdas cedieran bajo las pulsiones que arquean su espalda.

Finalmente el éxtasis roza la exaltación de la música que suena, que se va apagando con el morir de los cuerpos que se destruyen en un apasionado baile astillado. Los cuerpos se rompen y el sonido cesa. El violín de Ingres es un mero objeto demacrado por el uso permitido.

No es una mujer. Es un instrumento.
No es un instrumento, es una fotografía.
No es una fotografía, es un relato.
No es un relato, es la realidad de Man Ray.

No es una realidad, es la cotidianeidad de un jardín olvidado, consumido entre las flores que lo han destruido.
La música de la vida que cede a la vida...
El silencio para siempre apagado...