"Éste es el relato más triste que nunca he oído..."

Ford Madox Ford (El buen soldado)
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viernes, 21 de octubre de 2011

La vacuidad de la edad retrospectiva



Ochenta y dos años tiene Alfredo, casi tantos como su vieja casa, como el manzano que su madre plantó en el jardín al nacer él y algunos más que el sillón de escai en el que descansa viendo la televisión encendida.

Las imágenes procedentes de la descodificación de los rayos catódicos son sepultadas bajo la comprensión de su miedo. la angustia por los miles de muertos que el noticiario informa que esta madrugada han amanecido en la lejana ciudad de Trípoli no es tan grande como la molestia que le produce en la vista la avalancha de imágenes con las que bombardean su sistema nervioso.

Ese mundo le resulta totalmente extraño y ajeno. Dos días atrás le llegó la noticia de que Gregorio había muerto de un infarto. Lo primero que pensó es que estamos en la era de los infartos, lo pensó como algo normal, como que están de moda, no le sorprendió. Después recordó los setenta y seis años de amigo que habían dejado de contar. Poco más tarde revisó la diferencia de edad y se asustó soberanamente.

Alfredo tiene casi tantos años como su padre cuando lo dejó, algunos más que su viejo amigo Gregorio y bastantes menos que el conjunto de años sumados de todos los cadáveres de la crónica televisiva diaria.

¡Qué cerca estuvo la guadaña!

viernes, 10 de junio de 2011

Calcetines con tomate

El viejo se mira las manos enguantadas y echa más leña y desperdicios al fuego. Se calienta. No puede por menos que hacer otra cosa, no le queda nada salvo su calor, sus mitones raídos y su experiencia bajo el mismo puente de fría roca después de tantos años.

Es feo, tiene la cara desfigurada y está desdentado. Emana un olor desagradable de una costra que recubre lo que alguna vez fuera herida en su brazo derecho. Pero las llamas lo reconfortan, hace ya mucho que no siente nada.


- ¿Quién anda ahí? -Pregunta sacando un trozo de tela del pecho, estratégicamente situado para conservarle un poco de calor dentro.

- Soy yo. -Contesta un mendigo mucho más joven.- ¿No tendrás algo de comer por un casual, verdad?

- No sé si por casualidad o no, pero desde luego no para tí, perro.

El joven lleva una navaja oxidada en su diestra, dispuesto a utilizarla si no se cumple con lo que quiere.

- Cuidado, viejo, tengo más fuerza que tú. ¿Qué tienes ahí? -Lo aparta de un manotazo que lo cae al suelo, aferrado aún al trozo de tela que parece ser un calcetín viejo lleno de agujeros y descosidos.- ¡Vaya, pero si tienes un par de tomates! -Los palpa, tienta el gusto de las hortalizas y no se contenta con ello sólo y le da un bocado a una.- No están muy católicos, pero al menos es algo que comer. Gracias viej...

Se da vuelta con la boca llena de la propiedad del anciano, hablando, con la guardia baja y la hoja de la navaja entretenida ensartando el otro tomate. No le da tiempo a jactarse más de su arrogancia y desprecio por el viejo, se queda con la jota ahogada en la boca.

- Jjjjjjj...

El desgraciado deforme le ha introducido el calcetín en la boca y aprieta los descosidos contra su garganta, ocupada por trozos de hortaliza podrida. El amasijo se convierte en un tapón que oprime la campanilla del joven contra el cielo de la boca mientras los hilos sueltos se van introduciendo por la parte más superior de su esófago. Los nervios traicionan al joven mendigo que alza la navaja contra su agresor, tratando de cortar el aire que el tomate ensartado apachurra contra el viejo abrigo. Se preocupa por respirar, ahora ya sólo le importa eso. En la inmediatez de la aspiración temerosa, la epiglotis resulta traicionera y los hilillos del descosido calcetín le penetran en la tráquea. El viejo no conserva ninguna fuerza, pero sólo le hace falta un leve empujón para introducir el calcetín con tomate por la tráquea, dificultando la respiración, reduciéndola, eliminándola en un último esfuerzo por evitar los mordiscos espasmódicos del final.

El cuerpo de la inexperiencia yace en el suelo. El viejo sentado sobre él, al calor de su incombustible fogata, terminando con la pieza que el otro había empezado y guardando la que había dañado con la sucia navaja.

El jugo rojo le chorrea por la cara y hasta el hoyuelo peludo de la barbilla donde se detiene para dejar una inconfundible imagen de viejo asqueroso.

sábado, 21 de mayo de 2011

El mar del infinito

En un psiquiátrico todos son locos. Los doctores caminan por las asépticas salas bien pertrechados entre sus batas blancas. Son inocentes, son infinitos. Alguien da una voz muy fuerte; no lo soporto, es como para volverse como ellos.

Una mañana me dieron la medicación mal, tomé las pastillas de un maniático depresivo y me balanceé bien sujeto a una lámpara de pie, caí y me tumbé sobre la pared. Nadie me creyó hasta que maté a unos cuántos.

El comedor es una amplia estancia llena de animales enjaulados, trinando como pueden y rechinando los dientes de los que se alimentan más allá de los barrotes. Cada uno viste como quiere, o como le dejan. En cualquier caso, no hay ni uno sólo que esté mínimamente civilizado. Mastican con las bocas abiertas, a uno se le cae la baba, otro se come sus propios mocos. Dan verdadero asco.

¡Maldita sea! ¿Por qué siempre se olvidaban de mí? Siempre les prestaban toda su atención a aquellos despojos de la sociedad. ¿Acaso podrían curarse? Estaban condenados de por vida y creo que mi voluntariado hacía mucho más por ellos que ellos mismos. Hasta que se cansaron y huyeron. Me dejaron allí sólo y abandonado, encerrado entre las mismas paredes que los constreñían a ellos, a los locos, a los crueles y los malvados. No entiendo por qué me culparon cuando la emprendí contra ellos; les hice un gran favor a todos los que claudicaron.

El psiquiátrico tenía, por otra parte, un magnífico jardín. Era la única estancia que respetaban. Allí era donde todos ejercían su libertad y se comuicaban y relacionaban entre ellos. Resultaría curioso observar cómo una mujer ausente resultaba violada por un hombre cohibido. Todos se peleaban por el balancín, todos querían un hueco en ese juego de niños. Siempre lo ocupaban los mismos: a la mujer violada le tenían miedo porque de un muerdo arrancó una oreja de su agresor y sólo un hombre se atrevía a balancearse con ella. También a él le temían.

Pero no me puedo quejar demasiado. La estancia entre mis compañeros no es desagradable siempre que omita las miradas vacías y bobaliconas de esos pobres muertos de hambre. Dijeron en el periódico que aquí se experimentaba con los pacientes. No es cierto, son ellos los que experimentan con nosotros...

Aquel hombre tenía un rostro duro y doliente. No parecía loco, sólo era un perturbado sin vida.

A veces me siento solo. Estoy rodeado de gente que no piensa, que no sufre. Aquí sólo se tiene miedo. Nadie sabe lo que significa estar aquí. Nadie salvo yo. Ningún doctor puede solucionar sus problemas, ¿cómo va a solucionar los de los internos?

Nunca hablaba, tan sólo escribía y escribía letras y cartas interminables que guardaba dentro de una cajita de madera carcomida. En todo momento, no sabía hacer otra cosa.

No entiendo por qué me abandonaron, éste es un lugar horrible. Sólo una mujer parece humana. Una vez, al menos, fue humana. Hay días que hasta me mira, otros sólo se limita a balancearse conmigo en el columpio. Nadie de aquí dentro está sano, mucho menos los doctores con sus batas blancas. Pero no importa porque pronto me iré. Yo estoy aquí voluntario.



Terminó su última carta, se vistió con su mejor traje, tomó de la mano a su mujer que lo observaba escribir unos segundos antes en el silencio de los árboles y, tomando las llaves del recinto, expulsó de allí a todos los internos y los doctores.

En el salón grande, aquel en el que se subió una vez a la lámpara, el mismo en el que mató a varios de los locos que por allí pululaban, sonó una dulce melodía. Tomó las estrechas caderas de la mujer entre sus manos y bailaron con ternura, despacio, mirándose a los ojos vacíos de penumbras.

Fuera, los demás gritaban de angustia y dolor estremeciéndose por los suelos.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Estancia en una tienda de campaña


Primero entró el perfume. Cuando éste hubo ocupado el espacio cerrado y el Universo infinito, inmediatamente después, en lo que fue apenas poco más que un salto de pulga, un instante fugaz, entró ella.

El paso de su mano iba cerrando los metálicos dientes de la cremallera que mordían el aire enmarañado de la ósmosis inversa. Todo quedaba dentro, donde hacía más calor y el ambiente enrarecido perlaba la carne y el material sintético de gotas de sangre marina.

Contacto de labios mojados, olores de cristal extinto, la piel adherida a los huesos se separa hacia la sequedad externa. Almas desnudas, cuerpos cubiertos de frío en el invernadero bullente. Sólo sombras en la pared de mentira recubierta con hebras de cabellos asegurados. El movimiento censurado bajo la pena de asfixia...

Primero entró el perfume. Después lo siguió ella. Se inundó la estancia de silencios, silencios más ruidosos que las palabras. Nosotros nos humillamos dentro; el mundo se abandonaba fuera.

sábado, 26 de marzo de 2011

Se perdía entre las páginas sin mácula que no escribía

Le daban miedo las letras. Se podría decir que huía de ellas. Y sin embargo, quería dejar constancia de toda su vida. Había tenido una vida larga que se reflejaba en cada una de las arrugas que le esculpían el rostro como a una estatua helénica. Sus arrugas hablaban por ella. Literalmente.

Padecía logofobia. Nunca hablaba y cuando quería decir algo moría un poco más por dentro, una nueva arruga se perfilaba en alguna parte aún no horadada de su cuerpo. En muchos sentidos, era una virgen. Nunca habló. Nunca conoció vida humana diferente a la suya. Nunca escribió, pero le hubiera gustado. Imprimir en un papel todo cuanto no podía decir, todo cuanto no podía vivir...

Era una mujer increíblemente sabia. Conocía todas las palabras, no muchas, sino todas las que se puedan imaginar y las que aún están por definir. Ella era toda una auténtica creadora de palabras, de palabras mudas, mudas y sordas, sordas y ciegas...

Se perdía entre las páginas sin mácula que no escribía. Las letras le amedrentaban. Una vez dibujó una pirámide y se encerró en ella. En otra ocasión hizo dos colinas y logró que desafiaran las leyes de la gravedad al colgarlas del papel de canto. Hizo múltiples dibujos, pero nadie supo jamás leerlos, nadie los encontró nunca, ni siquiera yo.

Ella era una mujer que no tenía letras en el nombre, no tenía letras en el olvido, en el abismo en el que se perfilaban las dicotomías desestimadas de sus entrecortados pensamientos. No tenía letras porque no se le permitía tenerlas, porque ya tenía todas las que una persona que no existe pueda desear. Huía de ellas, se alejaba de las palabras y, sin embargo, como quien quiere aprender a montar en bicicleta y no logra perfeccionar la técnica hasta que sabe que irremediablemente ha de aprender a caerse primero, no había palabras suficientes para hablar de ella, para escribir sobre ella, para recordarla ni tan siquiera inventarla.

Las suyas eran palabras de adiós, adiós y bienvenida, bienvenida y auxilio. Palabras de amor y de odio, de contradicciones y tautologías. Palabras de todos y de nadie. Palabras de auxilio, auxilio y hasta nunca.

lunes, 7 de febrero de 2011

Vías extremas

La tomó de la cintura y la suspendió del aire. Los cabellos se le alborotaban con los azotes del viento sobre su espalda. La dejó caer al vacío infinito que se extedía entre la firmeza del suelo bajo sus pies. Una soga atrapaba sus huesos, sin apretar, sin dañar su delicada piel. Una última bocanada de aire inundó sus pulmones arañados de alquitrán y polvo seco, resquebrajados por las alas de los murciélagos de medianoche.

Se desprendió del pavimento con la espátula que retira los restos de la vida y se arrojó al montón de basura orgánica que se acumulaba más abajo, entre las corrientes de celos que fluyen con el agua y que atrapan como anzuelos. Cayó por su peso, sintiéndose un gusano usado como cebo, desbocando su corazón con la sensación de gravedad que tiene la gravedad. Fuerzas naturales que la empujaban con dolorosa fuerza hacia el fin natural.

La soga se tensa y el corazón se desboca. Vísceras y hedores que envuelven su cuerpo inerme, inconsciente, colgante. Dos centímetros para el desprendimiento del hálito que aspira, presiones que estallan en su interior, sensaciones de descontrol en su cuerpo como una máquina que, ajena a la seguridad a la que se ha enconmendado, se estampa contra la vítrea superficie del río, sintiendo sus gélidos cristales atravesando la conmoción que sacude su espíritu.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Noches sin cielo



Aferrada a una esfera luminosa, cálida, rodeada de oscuridad, la mujer, desnuda, se sujeta al último vestigio de vitalidad del mundo en el que ha quedado atrapada para el resto de su eternidad; una eternidad finita con la fecha de caducidad que su cuerpo le imprime.
Observa a su alrededor y no ve nada.

Mira su esfera y se adentra en un mundo futuro donde la música no llega. El viento peinará los cabellos de alguna princesa imaginaria de cuentos fabulosos, que no existen ni existirán jamás. Más allá del bosque se oye el discurrir de un agua tranquila y lejana, bañada por la luz de la esfera que rodea con sus manos.

A medida que observa el cauce del riachuelo éste va dejando de sonar, ya no quiere hablar de lo bellas que eran las vistas que el tiempo dejó atrás. Ante él y sobre su superficie se extiende una extensa ciudad. Toneladas de acero se levantan desde el mar y otro mar aún más profundo lo cubre del color anaranjado de las partículas que perdieron el rumbo hace largos años.

Espacios infinitos se extienden de un extremo a otro de la luminiscente esfera universal, tocándose el principio que se confunde con ningún final. La mujer llora en su desconsuelo y se arrepiente de mirar, no comprende qué ha hecho mal.

Su esfera se apaga como lo hace su realidad y se aferra a un sueño que nunca podrá volver a evocar como, tiempo atrás, lo hiciera con el poema de alguien que ya no volvería a existir.

Las paredes de su estrecha habitación se cierran en torno a ella mientras la pregunta acuciante le perfora y la insta a erguirse sobre su redondez no luminosa preguntándose si no sería verdad, si no sería cierto, que Dios fuera una mujer...



miércoles, 13 de octubre de 2010

Viaje a Ítaca


Alguien, un nuevo desconocido, sube a su taxi.

- ¿Adónde va? –Le pregunta.

- A ninguna parte.

El conductor no entiende, duda de si está bromeando con él o si es un simple loco confundido entre los mareos de la noche profunda.

- Usted sólo conduzca, ya llegaremos al final del camino en algún momento.

Mecánicamente obedece, arranca y echa a rodar por las sucias calles de la ciudad que dormita bajo un manto de putrefacción. Acelera y las luces a varios metros sobre sus cabezas se suceden fugaces en una línea resplandeciente que señala una dirección única.

- ¿Quiere que gire en algún momento? –Pregunta el taxista confuso.

- Ya ha girado hace rato.

El hombre mira a su alrededor por primera vez desde que el desconocido subió a su vehículo y ve la completa oscuridad rodeando su muerte. Se siente uno mismo fundido con el amasijo de hierros que se han hecho polvo, retorcidos en grotescas figuras, del coche que humea en una explosión de combustible y vapores.

Sin inmutarse, el desconocido pasajero baja del auto en llamas y rápidamente busca otro que pueda acercarlo un poco más a la muerte, a la suya, siempre que le sea posible.

El taxista mira el cuerpo de su pasajero inerte en el suelo y suspira resignado. Arroja la colilla consumida de su cigarrillo a la calzada y la pisa, no quiere que nadie la apague por él.

Un espectador ajeno contempla la escena desde una distancia prudente sin ser descubierto por nadie. Sonríe, cierra los ojos y vuelve sus pasos hacia una historia mejor. La noche está fresca y un abrigo le vendría bien para cubrir el recuerdo de la realidad que ha contemplado y que es incapaz de describir.

Ante algo así, piensa, sólo se puede pedir un taxi y que le conduzca a ninguna parte.

martes, 12 de octubre de 2010

De viejas rencillas con el alcohol

- ¡Volvemos a encontrarnos, vieja enemiga! –Le dije a la botella de vodka tan sobrio como el amor me lo permitía.

- ¿Quieres que te deje a solas con ella? –Me preguntó Y. con desconfianza. Sabía demasiado bien qué había pasado la última vez que esa botella y yo nos encontramos por lo que se fue preparando para regresarme a casa.

- Por favor. –Pedí yo. El espectáculo estaba asegurado.

Nos situamos uno frente a la otra, solos, junto a un vaso ancho con un dos cubitos de hielo. Ella estaba fresca, sabía que bien podía ser una lucha deliciosa, muy dulce y rápida, para que no sufriera. No describiré el proceso, pero estuvimos encerrados a solas durante quince minutos. Fue rápido, indoloro y casi erótico el modo como apuré la última posibilidad de aquella botella. Cuando abrí la puerta, Y. se sorprendió gratamente.

- ¿Qué ha sido de ella?

Inmediatamente esbozó una sonrisa y nos dirigimos juntos al velatorio. Dentro, había visto una botella de vodka herida, agonizando en el suelo con inusitado horror mientras se desangraba sin remedio.

jueves, 24 de junio de 2010

Se il bacio dolce...


- Hola, hola.

"Alguien me llama pero, ¿quién es?"

- Hola, hola.

"Ahí está, vuelve a hacerlo. Tal vez debería abrir los ojos y comprobar quién es. Su voz me suena, pero no puedo identificar su rostro desde aquí. Aunque creo saber de quién se trata. No, en realidad no lo sé."

- Buenos días. ¡Ah, abres los ojos, ahora todo va mucho mejor! ¡Enfermera!

"Vaya, al parecer está contenta. Qué divina expresión en sus ojos, qué rasgos nórdicos más hermosos. Me encantaría alcanzarla y besar la línea de sus labios. A ver, un intento más... Pero no, no puedo, imposible. Odio esto."

- ¿Has dormido bien? Oh, por supuesto. Un beso.

"Qué extraña sensación: sé que me ha besado la mejilla pero no he sentido nada. De hecho no siento nada, ni recuerdo. ¿Quién es ésta chiquilla? Realmente es preciosa y me encantaría tomarla entre mis brazos. Pero, ¿qué hago aquí? Esto es un hospital, no me gustan los hospitales. Y cuántas luces. ¿Para qué tanta luz? Así la chica parece un ángel de amor sacado directamente de un ensueño. Vaya, tal vez lo sea con el azul increíble de sus pupilas y el brillo dorado de su cabello. ¿Pero qué digo? ¡Si me está desnudando!"

- Muy bien, ahora vamos a lavarte, ¿de acuerdo, papaíto?

"¿Papaíto? ¿Y quién es esa otra mujer tan fea y... ¡ogh!, poco cuidadosa? No, esto no puede ser, tengo que marchar de aquí, no me gusta, no estoy cómodo. Por bonita que sea no puedo tolerar que esa chica me toque, no puedo dejar que me traten así. ¿Por qué no puedo evitarlo? ¿No me dejan moverme o es que no puedo? Me da igual, voy a salir de aquí porque nada tengo por hacer en éste lugar. Señoras, pásenlo ustedes bien, ahora cierro los ojos y ya no me ven."

- Hola, hola.

"¿Está llorando?"

- ¿Hola, hola?

"Sí, llora. No puedo hacer nada, lo siento señorita, tendrá que reservar su belleza para otro."


- Hola, hola, mi niñita.
- Hola, hola, papaíto.
- ¿Dormiste bien, pequeña?
- No demasiado, tengo examen.
- Oh, pero tú lo sabes todo. Desayuna fuerte y a por todas. Yo tengo que ir a la fábrica, espero volver. ¿Un beso?
- Uno fuerte.
...

"Pero no volví, ¿verdad?"

viernes, 18 de junio de 2010

El hombre gris



Tocaba el piano en un mal antro, de esos de los que tienen ratas en los baños y almas errando por cada rincón ahumado; tocaba su música gratificante en el lugar más inhóspito de la ciudad, también en el más reputado.

A menudo se sentaba después de la actuación en un taburete, acodado en la barra para ahogar sus penas en alcohol. Era su método: descubrir los sentimientos que nadie podía leer en una partitura amarillenta y esconderlos una vez más donde nadie los pudiera sorprender. Con una copa de olvido era mucho más fácil ser comprendido.

A pesar de todo, se cuidaba mucho de no desvelarse ante ninguna mujer. Era de amor fácil y de pasión comprometida y siempre tocaba su instrumento mucho mejor de lo que cabía esperar en privado, en la seducción de la soledad, que en la olvidada ciencia del lustroso bar.

El movimiento de falanges era muy amplio, sensual, simple y sofisticado a la vez. Componía sus melodías entre teclas de melancolía a base de dicotomías intocables. Las pulsiones de las cuerdas se mofaban de su dedicación, del olvido de su ser, de la pérdida de su esencia como hombre. Él era un simple instrumento que debía arrancar las notas del cuerpo de su amada. Una amada es un piano que debe ser perfectamente tocado, perfectamente despojado de su interior erótico y lleno de una vida que merece la pena perder entre unos dedos hábiles, unos dedos que después no saben qué hacer, unos dedos frágiles y expertos, unos dedos que jamás se podrán ver dos veces del mismo modo, unos dedos...

lunes, 14 de junio de 2010

Lágrimas de mentiras

Suspira, llora; se encuentra ahogando sollozos abandonados en un parque a medianoche, la hora de las princesas. Desde lejos ve aproximarse los faros de xenón de un cliente. Se seca las lágrimas sin importarle que el maquillaje le emborrone la mirada y se abre un poco la chaqueta para exhibir la mercancía. Ella es una perfecta dama de compañía.

Pasada la hora queda abandonada, palpándose el pecho en busca de un corazón desaparecido. Está sola, agotada y sola. Sentada en un banco se lamenta por la pérdida más reciente de todas. No logra aferrarse a la vida que se le escapa por entre las piernas, se le arruga el vestido y ya nada le importa, no mientras siga siendo la dama de compañía más abandonada de las que puedan existir en la esquina de la perdición y el amor de baratijas.

Empieza a hacer frío y la luz de las farolas no ilumina nada. Ha perdido parte de la ropa, de la dignidad y, aunque ella no lo sabe todavía, acaba de perder su último recurso de evasión de la vida. Mirando la noche negra se percata de que se encuentra flotando en un vacío seminal, germinando sobre un lecho de metal.

Es una dama y eso nadie puede ponerlo en duda. Nunca una dama había sido tan elegante y profesional, ofreciendo la soledad de su compañía, vendiendo un placebo y acortando su pronunciado valor femenino. Era una dama, la dama de la noche negra, la dama de compañía mejor acompañada en la soledad de las lágrimas prefabricadas.

jueves, 6 de mayo de 2010

El jardín secreto

El violín de Ingres fue la realidad de Man Ray. No era una mujer, era un instrumento, un poderoso y sonoro instrumento de deseo.

Cada curva de su cuerpo es una brillante pieza de ébano, límpidamente tallada contra la silueta de su música interior. Tocarlo es un placer, un gozo intachable que se adivina entre la luz y la sombra que proyecta en el objetivo de la cámara. El ojo de su autor llora, un amante privado del material de su espíritu.

No es una mujer, es un instrumento volátil que impele a ser tocado, a que le arranquen las mejores notas musicales para las que fue fabricado.


Acariciar cada una de sus curvas es sentirlo, aprehender su suave tacto descarnado. Friccionar el arco contra él, despacio primero, aún más despacio después. Buscar que hable, que corcheas mudas tartamudeen en el espacio infinito y resuenen desde lo más profundo de su aliento. Buscar que hable, buscar que se exprese en un idioma inexistente.

No es un violín. Es el violín más perfecto de todos los violines que no lo son. Es único. Es única.

Su cuerpo de madera necesita ser horadado, agredido hasta que resuene por encima de los cimientos de la creación. Su extensión, su figura, utilizadas hasta el límite de sus posibilidades. Arrancarle un sonido cada vez más agudo que chirría y chirría como si sus cuerdas cedieran bajo las pulsiones que arquean su espalda.

Finalmente el éxtasis roza la exaltación de la música que suena, que se va apagando con el morir de los cuerpos que se destruyen en un apasionado baile astillado. Los cuerpos se rompen y el sonido cesa. El violín de Ingres es un mero objeto demacrado por el uso permitido.

No es una mujer. Es un instrumento.
No es un instrumento, es una fotografía.
No es una fotografía, es un relato.
No es un relato, es la realidad de Man Ray.

No es una realidad, es la cotidianeidad de un jardín olvidado, consumido entre las flores que lo han destruido.
La música de la vida que cede a la vida...
El silencio para siempre apagado...

miércoles, 7 de abril de 2010

Ojos de hierba


...Entonces ella vio como su sonrisa se desmoronaba ante el gris espectáculo de la cotidiana destrucción, así que se sentó en el suelo y comenzó a llorar.

Lloró toda la tarde y toda la noche. Lloró por tiempo indefinido con el rostro hundido en las palmas de unas manos saladas que no vieron pasar el tiempo con sinuosa premura. Y aunque lloró hasta que su cuerpo se fue secando, no lo hizo con el dolor de quien lo hace por la pérdida. Tampoco mantuvo el llanto por la angustia de no poder cambiar la tristeza de las sonrisas silenciadas de los reflejos en los espejos rotos. No fue un llorar por placer; ni por necesidad; ni siquiera por dejar de llorar alguna vez, no. Lloró, simplemente, porque no era capaz de comprender cómo el resto del mundo, contagiado por aquella adorable tristeza, no tenía fuerzas para llorar.

Cuando su llanto cesó, escrutó con ojo lúcido en la imagen que le sonreía desde el charco líquido que se acumuló bajo sus pies. Alguien le sonreía, alguien a quien no reconocía.

Ella no lo supo, pero una sonrisa se dibujó tenuemente en sus labios blanquecinos. La tristeza de la gente se confundía con su figura, con el espacio límpido que ocupaba su fantasmal inexistencia, entre sus lágrimas de sal y sus ojos de hierba.

lunes, 5 de abril de 2010

Calcetines de pollo


Al pollo le gustaba practicar sexo como sólo un pollo sabe hacer. No obstante, él era un pollo particular.

A los animales les gusta quitarse toda muestra de colorido de encima cuando están en pleno coito, más que nada porque los colores llamativos son muy vivos y resultones en el momento de la seducción, pero poco útiles cuando han de centrar toda su atención en copular como salvajes: si se está atento a una cosa, la retaguardia está desprotegida ante los depredadores y todo colorido es un hermoso reclamo al fin de la vida copulativa -y toda, en general.

Pero he aquí que a nuestro pollo le importaba bien poco. Él se arriesgaba, no se sabe bien si por estupidez o por audacia, a fornicar con la cresta en alza. Y nada más podía preocuparle mientras estaba fervorosamente dedicado a su labor.

Por esa misma razón su pareja se extrañó tanto que se incorporó asustada el día que el pollo dejó de empujar en su empeño por encontrar el goce propio y ajeno.

- ¿Qué sucede? -Le preguntó arrebolada.

- Dame un momento. -Le contestó él buscando algo a los pies de la cama.

Sin apenas darse cuenta de la preocupación de su dama, el pollo se encajó a la perfección la cresta que con el movimiento se le había caído de la cabeza y retomó con fervor su actividad como si no hubiera sucedido nada.

martes, 16 de marzo de 2010

Realidad letal

Carlos no podía apartar la mirada de la pantalla luminosa de su ordenador personal. Los ojos, abiertos como platos, observaban con fijeza el icono titilante del correo electrónico. Ya nunca hablababa con sus amigos personalmente; no les hacía falta.

Las cuatro paredes de su cuarto constituían el universo que encerraba su fascinante realidad entre la oscuridad que resultaba vencida por la luz proveniente del aparato en el que tecleaba con sus dedos grasientos. Comía entre mal y peor, siempre sin bajar la mirada al plato. Ya podía estar ingiriendo carne o letras que no las leería.

El icono seguía parpadeando en la inmensidad de una red ignota. Se frotó las cuencas y, con un esfuerzo colosal, se levantó de la silla y desvió la vista hacia la puerta cerrada, giró el pomo mugriento y salió. Antes de suicidarse, dejó un correo en su bandeja de salida con una sola frase: una gran mentira:

Carlos se ha conectado a la vida.

lunes, 15 de febrero de 2010

Lluvia gris


Llueve. Llueve hacia abajo. Está lloviendo y cuando deja de hacerlo, vuelve a empezar.

Llueve. Llueve hacia arriba. Está lloviendo con demasiada violencia, aunque no se la pueda llamar propiamente lluvia: no cae del cielo. El agua se eleva desde el suelo y asciende tanto como pueda imaginarse.

Los agujeros de la nariz se taponan y es fácil ahogarse de pie. No quieras vivirlo, es un espectáculo precioso pero, como todo en la naturaleza, arriesgado si permaneces mucho tiempo a la intemperie. La lluvia sube desde los pies y resulta muy engorroso intentar cubrirse con un paraguas. Mantener el equilibrio sobre esas varillas tan deformables es tarea imposible y entonces todo el agua se vierte sobre ti como un chaparrón invertido.

El agua no se ve, es transparente. Ni una sola gota puede ser atravesada por la increpancia de mis ojos. Me mojo. Me estoy mojando. Y la angustia de no poder contemplar cómo me estoy empapando de abajo arriba se acentúa al sólo poder notar la humedad en mi cuerpo destrozado por la sombra que el agua deja en mis ropas.

Un paraguas no serviría como tampoco cualquier tipo de ropa impermeable. Inevitablemente me mojo, me consumo por un enemigo invisible que va devorando mi cuerpo sin prisas, gozando de cada muerdo que le da a mi piel tras haber rebasado la capa superficial que la recubre.

Las gotas se apresuran a penetrar dentro de mí a través de mis fosas nasales. Me recorren todo el cuerpo, me obstruyen la circulación sanguínea y noto cómo la humedad de dentro y la de fuera son ya una misma. No hay diferencia, ya soy todo agua.

Lo que antes fuera mi cuerpo se eleva del suelo y acompaña a la invisible enemiga en su recorrido hacia la lejanía colmada de nubes. Ahora yo también soy etéreo, un líquido invisible que se evapora al alcance de una armoniosa dulzura celestial.

Noto calor. Demasiado calor. Y peso; peso tanto que no puedo seguir manteniéndome por más tiempo. Cuando me precipito al vacío no logro recordar cómo he llegado hasta ahí. Sólo soy un charco de agua translúcida y sucia que revienta como una burbuja al contacto con el suelo del que procede, salpicando, con todo mi ser, el cuerpo que brega con un inútil paraguas por no mojarse con un líquido que llueve hacia arriba.

lunes, 8 de febrero de 2010

Se ruega silencio


Sentada en el mismo sillón, haciendo lo mismo todo el santo día... Estudio con una taza de té al lado, pero pronto empiezo a languidecer y me reposa la cabeza sobre el libro lleno de tachones.

El sueño me trae imágenes de ancianos que me persiguen. Bueno, no; no me persiguen, pero porque están enfermos.
Y las esposas a punto de llegar.

Entonces es cuando salgo disparada diciendo: "qué mal está la gente..." Mientras tanto, pienso algo muy distinto: "
pobre hombre, tiene cáncer, pero fíjate... por muy enfermo que esté sigue teniendo instintos primitivos..."

Pero soy tan sumamente profesional que me voy alegando que tengo cosas que hacer y me despido con una sonrisa y pensando: "me ha besado el brazo; qué extraño."

Y eso que le dije que tengo novio, pero es indiferente, cuando nadie nos ve me toma del brazo y me lo besa mientras le tomo la tensión. ¡Así es imposible!


Es embarazoso.

Mientras, en otras habitaciones, parecen tan tiernos los pacientes que me apetece pasar el día ahí.

Relato cedido por María Piedad Becerra Espino

viernes, 29 de enero de 2010

Cien metrónomos biológicos



Tac, tac, tac, tac... El metrónomo, inexcusable, va marcando los latidos de la vida que imita en su maquinal existencia.


Cien metrónomos al unísono, desacompasados, marcando los latidos de la vida que imitan en una estridente orgía de desesperación y nerviosismo. Uno no funciona, otro se detiene. Así, poco a poco van callando como si Moebius diera cuenta de sus tiempos.

Van marcando el tempo, como una viuda que parpadea esperando un instante de eternidad que sabe que no va a llegar. Ya no quedan ni la mitad, cincuenta metrónomos han detenido su obsesivo tac, tac, tac, tac...

Los que quedan van tocando un réquiem por sus compañeros silenciados, a sabiendas de que ellos también se detendrán dentro de no mucho.

Tac, tac, tac, tac... Unos se van deteniendo lentamente. Otros enmudecen de golpe. Todos van siendo asistidos por el silencio, un silencio que se va abriendo paso y ya apenas se oye el movimiento oscilante de tres aparatos.

Los tres están asustados, uno de ellos más cansado que los otros dos. Ya casi ni respira, todos pendientes de su muerte que llega como había anunciado. Dos corazones permanecen, luchando por prevalecer uno sobre el otro, hasta que sólo queda uno, solitario y asustado.

Tac, tac, tac, tac... Poco durará su movimiento regular, como acechado por un viento invisible que amenaza con no soplar. Tac, tac, tac... Va notando la oscuridad que lo rodea, que lo abraza con su cálido manto soporífero, que lo acoge en su maternal seno. Tac, tac... Observa a sus compañeros, a sus noventa y nueve compañeros, que lo han abandonado a correr su misma suerte. Tac... Desesperado se lanza al abismo, se lanza a la resignación de su destino que le espera a la altura de la cuerda que se le agota.

Ya no se oye latir su corazón. Pronto dejará de oscilar. Va consumiéndose, va deteniéndose hasta que ya no puede hacer más que esperar a que suceda algo. Y sucede. Ya no escucha su corazón, ya va deteniéndose como los de sus noventa y nueve compañeros que lo rodean, que lo señalan con sus respectivas quietudes.

Ya apenas lo oigo. Ya enmudece en su balanceo menguante. Ya se detiene. Ya muere.

miércoles, 20 de enero de 2010

Demonios de colorines



"¡Qué bonito es el infierno!" Pensaba el anciano mientras recibía pinchazos entre las demacradas costillas.

Nunca lo llegó a pensar, pero para quien ha tenido una vida muy dura la muerte es un privilegio. Su muerte, concretamente, era lo más placentero que nunca había vivido. Y no había hecho más que llegar a aquel lugar alejado de todo dios que, para su asombro, seguía siendo un completo misterio. Delante de su ensombrecida figura sólo había tridentes y fuego; colores mágicos danzando en su derredor con un brillo inusitado que dilataba sus pupilas hasta que logró acostumbrarse a ese nuevo placer.

"Si existe un paraíso," pensó, "debo de encontrarme en él."

Una danza maquiavélica clamaba por su inmortalidad. El dolor era insoportable y la sensación de pasar así una eternidad angustiosa. Su corazón envejecido bombeaba sangre a una velocidad de vértigo, vértigo como el que estaba destinado a soportar sin la posibilidad de mover una sola pierna entumecida. El horror del abismo en el que se encontraba y al que había sido arrojado lo devoraba como las llamas de una hoguera sin fin. Una luz divina y enceguecedora aplicaba dolor a su mirada alguna vez penetrante y vacía ahora, como todo lo que había sentido alguna vez. Se rindió a la evidencia de lo inevitable y esbozó una gran sonrisa.

En un instante de nostalgia se arrepintió de todo lo que había vivido y mirando hacia lo que él creía que era arriba, gritó en un timbre de voz que nadie oiría jamás: "Gracias, Dios mío."